Isaías Lafuente – La sombra de Irak.


MADRID, 04 (OTR/PRESS)

El mundo contiene la respiración ante una intervención militar de EE.UU. en Siria. Todo está preparado y Obama solo espera a que los congresistas regresen de vacaciones para avalar el ataque. La imagen hiere, como también el giro de un presidente que recibió el Nobel de la Paz por situar la diplomacia multilateral y a las Naciones Unidas en una posición central en las relaciones internacionales y que en su discurso inaugural proclamó que el poder que tiene EE.UU. no le da derecho a hacer cualquier cosa. Fue una enmienda a la totalidad a la política de su predecesor que en el orden internacional siempre optó por la unilateralidad, aunque en sus aventuras bélicas no le faltaron socios, como bien se recuerda.

La guerra de Irak al margen de la ONU dejó lecciones que al parecer no fueron aprendidas. Ni los sátrapas se dieron por enterados, ni la comunidad internacional forjó protocolos y alianzas para actuar contra ellos cuando la situación lo requiriese. Bashar al Asad lleva años amparando su política criminal en esa inacción. El fruto, una interminable guerra civil que ha acabado con la vida de más de 100.000 sirios, casi la mitad civiles, ha dejado millones de refugiados y cuyo colofón ha sido el ataque con armas químicas que ahora se intenta documentar. Que hay que frenar a este individuo, nadie lo pone en duda. El debate se centra sobre la forma de hacerlo.

El derecho de injerencia para intervenir sobre un país soberano y el uso de la fuerza están contemplados en la Carta de Naciones Unidas pero siempre como una excepción precisamente a los principios sagrados de no injerencia y de prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Son, pues, la última solución cuando las precedentes han resultado infructuosas y siempre debe realizarse con autorización de la ONU. En el caso de Siria se echa de menos en los dos últimos años esa gradación en la presión internacional sobre el régimen de Asad antes de optar por la solución armada. El mundo estaba a otras cosas. Y ese pecado, que ya no tiene solución, no puede redimirse con una actuación irregular. Que Asad ha sobrepasado todas las líneas rojas nadie lo discute. Que la respuesta a esa violación no puede hacerse violando la legalidad internacional, tampoco debería ser materia de discusión. Salvo que al bombardear Damasco, por el mismo precio, dinamitemos un poquito más la ONU.

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