Fernando Jáuregui – Voces sin miedo.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Uno de los síntomas de que una sociedad vive en una crisis moral es que nadie dice las cosas claras. Todo son perífrasis, rodeos, generalizaciones que se apartan del epicentro de los asuntos más espinosos. Lo políticamente correcto, las ganas de agradar o, al menos, de no hostigar, van ganando terreno. Y ocurre, así, que, pasada la Diada y todo lo que ha significado, nos quedamos con la sensación de mucho vocerío por un lado y mucha retranca por el otro, pero aquí nadie está planteando las cosas en los términos dramáticos, tajantes, en los que acaso habrían de plantearse para llegar a una solución viable. Es entonces Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, el único que habla de los nacionalismos como un planteamiento desgraciado para una nación, ganándose todos los titulares (a favor y en contra).

Y así con todo. La voz señera del Papa, que puede hablar más alto, pero no más claro, se opone a una intervención militar en Siria, y es una de las muy escasas que, sin intereses sectarios en la zona, lanza un aviso inequívoco a los navegantes, mientras la mayor parte de los estadistas se refugian en la ambigüedad y en las cautelas, no se vayan a irritar Obama, por un lado, o Putin, en el otro.

Llegados a este punto, uno se pregunta si hay que ser Papa o premio Nobel para poder opinar ante los micrófonos sin cortapisas, sin amenazas más o menos remotas, sin autocensuras. Es lo que nos va faltando no solo en España, sino en la mayor parte de los países democráticos -no digamos los otros–: eso que se llama «candidez», y que otros preferimos llamar sinceridad, poner los puntos sobre las íes, mojarse. Por llegar al colmo de tapujos, hasta acabamos tapando los agujeros de los disparos del 23-F en el Congreso, esos de los que antes nos enorgullecíamos por haber vencido a la irracionalidad.

Claro que para eso, para sacudirse la autocensura, lo primero que hay que tener son las cosas claras. No ocurre siempre aquí y ahora: hemos fabricado tal amalgama de pretextos, falsedades y cobardías que las ideas han acabado por oscurecerse. Nuestro país necesita, para pilotar esta segunda transición, personas que piensen con nitidez en el futuro mucho más que en el presente y que no estén lastradas por el pasado. Foros de reflexión, en suma, como aquellos que pavimentaron la primera transición (¡cómo recuerdo, por ejemplo, a aquellos «tácitos» que desmontaron, artículo periodístico tras artículo periodísticos, los últimos coletazos del franquismo y alumbraron los primeros pasos del camino a la democracia!).

Pues eso: que, entre las muchas cosas que se echan de menos de antaño, están precisamente aquellas voces autorizadas, que sabían lo que decían, por qué lo decían y no tenían miedo a decirlo. Y ni eran el Papa ni les habían dado el premio Nobel.

fjauregui@diariocritico.com

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