Fernando Jáuregui – A veces, quisiera ser escocés (o británico)


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Por supuesto: ni todo tiempo pasado fue mejor, ni cualquier país de nuestro famoso entorno es mejor. Pero reconozco que a veces me sonrojo ante el cariz y el nivel de algunos de los grandes debates que afectarán a nuestro futuro como españoles y que ya están pesando sobre nuestro presente, y entonces envidio algunas cosas foráneas. Y le podría hablar a usted, querido lector, desde las trampas en la dialéctica oficial sobre la mejora de nuestras pensiones hasta los atentados, queridos o no por el sujeto pasivo, contra la intimidad, véase el famoso vídeo sobre la estancia carcelaria de Luis Bárcenas. Cosas todas, pienso, imposibles en naciones más o menos vecinas, Italia excluida.

Pero hoy el nivel de adrenalina me ha estallado con cuanto veo y leo sobre el caso -iba a escribir: el caos- que enfrenta a una parte de Cataluña con el resto de España. Yo, la verdad, no veo que en el debate sobre el futuro referéndum secesionista escocés, que trato de seguir con una pasión distante, se estén dando los topes de estupidez, infantilismo -y no me refiero al vergonzoso uso de niños para, desde medios públicos, hacer apología de la independencia–, demagogia y mentira que están caracterizando, desde ambas orillas del Ebro, ese camino tortuoso elegido por Artur Mas hacia la ¿separación? de España.

Siento decirlo, pero algunos comentarios, ciertas columnas, de compañeros de profesión me inquietan, ya digo que desde ambos polos de esos apenas seiscientos veinte kilómetros que separan tanto a tantas mentes, a tantas sensibilidades. Ya se ha dicho que el nacionalismo es un estado de espíritu, y, por tanto, resulta difícil combatirlo desde la racionalidad estricta; cuánto más desde la irracionalidad que a veces enmascara un concepto centralista que me parece ya imposible. Eso, en una orilla. En la otra, los fanatismos, el vocerío, se han apoderado de un debate que no tiene nada, en estos momentos, ni siquiera de civilizado, y menos de realista: si desde la UE dicen que la permanencia de una Cataluña independiente en el club se haría imposible, hay que escucharlo, y no limitarse a descalificar, como «españolista» al portavoz comunitario ocasional, Joaquín Almunia en este caso; ay, esos voceros casi guerracivilistas, que hablan en nombre de la Generalitat…

Nada de esto vi en Québec, donde tuve oportunidad de seguir «in situ» una parte del proceso, ni en Londres, ni en Edimburgo. Cada cual expone sus argumentos, aporta sus datos -los escoceses vivirán mejor o peor separados del Reino Unido: confróntense las cifras–, se explican pros y contras en el Parlamento -ay, este Congreso nuestro, este Senado…- y los medios, bien atendidos por los representantes públicos, no discriminados en función de colores, reflejan lo que hay, sin erigirse, más allá de sus derechos y deberes editoriales, en juez, parte, árbitro y contendiente. Y es entonces, ante lo pedestre, cuando, a veces, uno siente la nostalgia y quisiera ser, coyunturalmente, escocés. O británico, que eso no importa a los efectos que digo.

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