Pedro Calvo Hernando – El altar y el trono.


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

El Rey Juan Carlos protagoniza hoy la política española y su operación de cadera devuelve al país las grandes polémicas sobre el Jefe del Estado. Era evidente que de nuevo se plantearía el tema de la abdicación y era evidente que la Casa Real, y el monarca en primer lugar, iban a desmentir que esa salida se fuese a plantear. Pero eso no significa que el problema desaparezca de la superficie, pues todo el mundo tiene derecho a seguir especulando o a seguir pidiendo que esa grave decisión sea tomada cuanto antes por el único que la puede tomar: el propio Rey. Meses atrás la abdicación ha sido gran noticia en dos países europeos, que la han acometido con toda normalidad. Si el Rey tiene la edad que tiene y sobre todo si padece un gran maltrato de las enfermedades, y además dispone de un heredero perfectamente preparado para asumir la más alta responsabilidad, hay muchos españoles que se lo plantean como un acto de generosidad y de visión histórica por parte de don Juan Carlos. Pero nadie tiene derecho a conminarle o a obligarle a que tome una decisión en ese sentido. El verá.

Coincide esta situación con las horas de análisis y de expectación en torno a la famosa entrevista concedida por el Papa Francisco y con su nuevo testimonio en Cagliari. Francisco es el otro lado del poder. Es el altar frente al trono. Estamos ante un dúo que en España aparece como la polarización de las dos historias seculares y contrapuestas, ahí está el origen de gran parte de nuestros problemas históricos. Mucho más que el independentismo, por ejemplo. La enseñanza del Papa Francisco es sobrecogedora y su generosidad y sentido del momento histórico son algo apabullante frente a la banalidad con la que habitualmente se tratan los grandes problemas en todo el mundo, pero también en España. No quiero establecer fáciles y tontas comparaciones. Me quedo simplemente con la grandeza del nuevo Papa y con la enorme sorpresa que ha proporcionado al género humano. Si hay que cambiar el mundo, ahí tenemos a Francisco para echar una buena mano. Hemos tenido mucha suerte. Por una vez.

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