Siete días trepidantes – Por qué Cataluña no será independiente.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Se diría que esta semana, en la que Mariano Rajoy hablaba en las Naciones Unidas y Artur Mas no lograba ser recibido en Bruselas por los «dirigentes de Europa» Durao Barroso y Van Rompuy, ha sido bastante mala para el president de la Generalitat catalana. Tan mala que a uno le cuesta entender cómo es posible que Mas no se haya percatado ya de algunas cosas evidentes, comenzando por la constatación de que Cataluña no va a ser una nación independiente. No había sino que ver esa fotografía en la que, en el acto de celebración de la Mercé, el molt honorable president aparecía rodeado de los máximos mandos militares y de la Guardia Civil en Cataluña, uniformados de gala, ostentando no pocas condecoraciones: era el Estado, que se hacía presente en una imagen bastante difundida por varios medios, aunque no principalmente catalanes. No, no habrá independencia, al menos en los próximos diez años, porque, a partir de entonces ¿quién puede ya predecir a tan largo plazo?

Desde luego, no diría yo tanto como que Mariano Rajoy lo esté haciendo bien en su política de comunicación con respecto al problema catalán; en general, la comunicación «made in Rajoy» está llena de errores incluso cuando escoge un medio extranjero para explicar a los españoles lo que piensa y no piensa hacer. ¿Es que nadie ha explicado al inquilino de La Moncloa y a quienes le rodean que no se puede pedir a un medio -y menos si es Bloomberg- que corte una parte de las respuestas dadas por el presidente a su entrevistadora? Pues eso.

Pero lo de Mas es mucho peor. Me pidieron de un periódico anglosajón con el que a veces colaboro que les explicase en veinte líneas en qué consiste el pensamiento de Convergencia i Unió para el futuro de Cataluña. Les dije que, en primer lugar, Convergencia va por un lado y su socio Unió, por otro. Y que, por primera vez, hay que tomarse en serio los tambores de ruptura de esa coalición. Y añadí que, en segundo lugar, en la propia Convergencia hay diversidad de opiniones, por decir lo menos. Cosa que queda reflejada en los más recientes discursos de Artur Mas, que ya anda proponiendo una consulta a los ciudadanos (solo a los catalanes, claro) con tres respuestas posibles. El «sí» a la independencia, el «no» y, se supone, eso que se llama difusamente la «tercera vía», que es, a su vez, objeto de varias propuestas, desde el «modelo Commonwealth» (un pacto con la Corona) hasta arreglos constitucionales de menor calado, pasando, claro está, por la concesión del pacto fiscal como en el País Vasco.

Si le digo la verdad, yo incluso dudo de que se celebre la consulta, aun en el caso de que el Gobierno central acabase accediendo a ella. A Mas no le conviene, una vez que los catalanes han comprobado varias cosas: que el referéndum escocés va a derrotar a los independentistas; que, de entrar en la UE una vez independizados, nada de nada; que ni Hollande, ni Merkel, ni Cameron, ven con buenos ojos el proceso secesionista; que el Banco Central Europeo, tampoco; que algunas empresas multinacionales radicadas en territorio catalán se mudarían de inmediato de seguir por el sendero marcado por «esta» Generalitat; que la economía de la zona sufriría un quebranto, aun cuando los españoles mantuviesen el comercio y el turismo con una Cataluña independiente… En fin, para qué seguir; me parece que la lista de inconvenientes supera con mucho, viendo las cosas de manera objetiva, a la de las ventajas.

Otra cosa es que se rechace de plano la objetividad para sustituirla por el fanatismo. Porque los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los ciegan. Y Mas es capaz, si no puede organizar su referéndum, hasta de anticipar unas elecciones autonómicas para convertirlas en un plebiscito… y perderlas, como todo el mundo menos él sabe, a manos de Esquerra, que sí tiene, como en el otro lado el PP y Ciudadanos, las cosas muy claras. Esas elecciones consagrarían la ruptura con Unió, la catástrofe para Convergencia y también, por supuesto, para los socialistas, cuya posición real no hay quien la entienda.

Así que, con ese panorama, tampoco es extraño que Rajoy, en lugar de buscar soluciones activas al problema catalán, haga lo que más le gusta: esperar a ver si se pudre el asunto. Que tiene, como he explicado, bastantes visos de pudrirse. Solo que acaso para que todo resulte aún peor.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído