Fernando Jáuregui – Por favor, no hagan tanto ruido


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Si le digo a usted la verdad, empiezo a estar harto de que, cada vez que conocemos una cifra oficial, los unos nos digan que, al fin y al cabo, el año pasado fue peor, mientras los otros insisten en subrayar la catástrofe, obviando, claro está, la leve mejoría. En esta ocasión lo digo, por supuesto, por las cifras del paro: ochocientos cincuenta nuevos desempleados cada día en septiembre. Mucho mejor cifra que la de septiembre de 2012, lo que indica la tendencia a la bonanza, dicen en el PP. Una cifra aterradoramente mala, dicen los sindicatos y la oposición, alegando que solamente con el regreso a sus países de muchos inmigrantes ya disminuye, por lógica, el número oficial de desempleados.
Las cosas pueden verse desde la óptica optimista y desde la contraria. Botella medio vacía, medio llena. La economía, ya se sabe, es un estado de espíritu. Peor es cuando, simplemente, se falsifican las cifras, como ocurre ante una manifestación o concentración humana de cualquier signo. O cuando se deforman las comparaciones con los datos económicos de otros países europeos. El caso es que todo vale para la estéril polémica política, incluso la desgracia de ochocientas cincuenta personas que se van a la desesperación del paro cada día.

El caso es que probablemente la situación del empleo en España no va a peor -sería difícil–, pero también sería discutible que marche a mucho mejor: todo indica que la precarización es un hecho, que se abaratan los puestos de trabajo, que los emigrantes se marchan y que millares de nuestros jóvenes, también. Pero no es menos cierto que se va abriendo paso a una nueva mentalidad, según la cual el empleo fijo para toda la vida es ya una quimera y hay, por tanto, nos guste o no nos guste, que lanzarse a la vía del trabajo autónomo y emprendedor. Una nueva vía que es ya la única posible para muchísimos millares de personas.
Es lógico que Rajoy, desde Japón, presente los perfiles más optimistas a aquella parroquia; me parece incluso conveniente, hallándose donde se halla, que lo haga. Lo peor, ya digo, es el ruido con el que los voceros oficiales y oficiosos pretenden siempre confundirnos. Lo que no hace sino aumentar la confusión y disminuir la confianza, ya muy precaria, en nuestros representantes, sean del signo que fueren.

fjauregui@diariocritico.com

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