Carlos Carnicero – España, ¿puede convertirse en estado fallido?


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Quinientos años después, la amenaza de desintegración de España es una realidad que no se puede descartar. Podemos observar esta posibilidad desde la ausencia de un patriotismo integrador.

Los españoles, muchos españoles, no hemos sido capaces de disociar la conceptualización hegemónica y totalitaria que hizo el franquismo de España. La transición no ha sido capaz de aglutinar a todos los españoles en un estado moderno, democrático y respetuoso de la diferencia.

Hoy, una parte importante del pueblo catalán y del vasco manejan la ensoñación de la independencia sin plantearse cuestiones de utilidad ni de viabilidad. Disociarse es para ellos una tentación emocional, tal vez porque hayan renunciado a la meta de un estado integrador en el que quepan sus diferencias. No es factible obligar a ser español a quien no desea serlo; la obligación no es método para integrar. Es necesario el convencimiento que motive lealtad.

La historia nos ha lastrado. Ha hecho que lleguemos tarde o estemos ausentes de las grandes revoluciones que han configurado los estados nación modernos. Ni la revolución francesa, ni la revolución industrial tuvieron cabida en nuestra tragedia histórica. Transcurrimos del imperio al aislamiento, sin solución de continuidad.

La Constitución de Cádiz y la II República fueron oportunidades fallidas lastradas por la ausencia de tolerancia y del respeto a la diferencia. Iniciado ya el siglo XXI, España se asoma a la desintegración ciudadana y territorial.

La Constitución es un compendio de derechos que obliga a su complimiento. Quien atenta contra la Constitución se asoma al abismo de la ilegalidad. Pero la amenaza legal no es soporte para constituir un estado moderno. Se trata de convencer primero para hacer cumplir después. La coacción no sirve permanentemente sino está amparada por el convencimiento.

Hay voces intelectualmente sólidas que avisan del peligro disgregador y del abismo que aguarda a quienes lleguen a separarse. En un mundo globalizado, el camino que espera a un estado independiente disociado de un estado de la Unión Europea está lleno de obstáculos.

El primero, el asilamiento. La Unión Europea ha avisado de la situación de quien llegue a separarse dentro de un estado asociado. Ponerse en la cola para relacionarse con Europa. Empezar desde cero.

Sería prolijo buscar responsabilidades de la situación creada entre una parte importante de los ciudadanos de Cataluña con el resto de los españoles.
El reto no es solo ganar la batalla del convencimiento de que toda solución pasa por la creación de España como estado moderno.

Se trata de una cuasi refundación de España, zanjando las cuestiones pendientes de la historia y negociando con lealtad las estructuras de un estado sostenible en el que estén garantizados en igualdad los derechos de todos los españoles. Donde la tentación secesionista desaparezca para siempre.

No sé si la forma es un estado federal; pero sí estoy convencido del requisito imprescindible: un juramento de lealtad entre todos para encontrar una solución definitiva. Un punto de partida, unos cimientos solidos para encarar la España del siglo XXI que no tenga pendientes cuentas con su historia. No veo estadistas capaces de esta tarea.

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