Fernando Jáuregui – ¿Lo lograrán el Príncipe y Rajoy?


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Siempre que estamos en vísperas de una «cumbre» iberoamericana -y quien suscribe ha estado en varias- nos encontramos ante dos planteamientos: el de quienes predicen el fracaso, alegando las ausencias cantadas y contadas y la falta de contenidos verdaderamente importantes; y el de los que aseguran que este encuentro de la mayor parte de los mandatarios «importantes» latinoamericanos con la presencia usualmente estelar de España es una enorme oportunidad para la diplomacia hispana. Al fin y al cabo, son los representantes de casi quinientos millones de hispanohablantes, con toda la fuerza cultural, social y económica que eso conlleva, los que se congregan desde hace veintidós años en distintas capitales de América Latina, de España y de Portugal. Solo que esta vez, en la «cumbre» que se inicia formalmente este viernes en Panamá, da la impresión de que se abre una nueva era, en la que la importancia de estos eventos se aminora, al tiempo que algunos rostros relevantes cambian. La comunidad iberoamericana también atraviesa una cierta crisis.
Por supuesto, el gran ausente ahora es el Rey Juan Carlos, indiscutible «primus inter pares» en todas las convocatorias anteriores, y no solamente porque haya sido España quien haya pagado la mayor parte de las facturas. Me consta la contrariedad del Monarca por no poder asistir, por primera vez en estos veintidós años, a la gran convocatoria iberoamericana, que en esta ocasión va a registrar, me temo, muchas otras sillas vacías: las de los bolivarianos del Alba (aunque las espantadas de Cuba y Venezuela son ya casi tradicionales), la de Cristina Kirchner (y no solamente por la convalecencia de la peculiar presidenta argentina, claro), la del chileno Piñera y quién sabe cuántos otros faltarán, excusándose en el último minuto. Simplemente, ocurre que estas «cumbres», con las variantes coyunturales que se han producido en América, y por supuesto en Europa y en España, interesan bastante menos que antes a quienes participan en ellas. Es obvio, por lo demás, que España ha perdido peso específico, político y económico, y también como «puente» hacia la UE, entre los países hermanos de Latam. Y, desde luego, la ausencia de Don Juan Carlos, que cuenta con enormes simpatías en el otro lado del charco, ayuda poco a recuperar ese peso.
Ahora, falta saber si entre el Príncipe Felipe, que aparece como una especie de «convidado por la puerta de atrás» en esta «cumbre», y el presidente Mariano Rajoy, que lleva a su muy discreta esposa como «primera dama», pueden cubrir el enorme hueco de carisma que deja vacante el Rey doliente. He comprobado alguna vez el prestigio que el heredero de la Corona española acumula en los ambientes políticos latinoamericanos, aunque no ocurre lo mismo a una escala más popular: sigue siendo un relativo desconocido, y ahora tiene la oportunidad de potenciar su figura, aunque, al no ser jefe de Estado, no podrá estar en un plano de igualdad con sus futuros «colegas» latinoamericanos. En cuanto a Rajoy, llega a la ciudad de Panamá agobiado por problemas internos, entre los que destaca el de Cataluña, un proceso secesionista que los latinoamericanos no acaban de entender; llega lastrado por su inmovilismo político y por la sensación de que, en política exterior, está lejos de haberse comportado como un estadista, aunque su aureola de hombre prudente le precede. Yo apostaría por una presencia de Rajoy en la que este tratará de posicionarse como el mandatario de un país que se recupera, con dificultades que no negará, de sus caídas económicas y que se encuentra en una estabilidad política que, sin embargo no le reconocen muchos periódicos del continente.

A Rajoy, a quien le gustan poco los periodistas, le toca ahora consumir este fin de semana latinoamericano tratando de potenciar moralmente y de publicitar esa «marca España» tan alicaída. Lo mismo cabe decir del Príncipe, a quien le han dejado un papel complicado: no es el principal representante de España en esta «cumbre». Y será la diplomacia española la que teja -o no- el vestido con el que se mostrará nuestro país en esta «cumbre», también algo devaluada: es la penúltima que se celebrará con carácter anual -a partir de 2015, serán bienales- y es la última organizada por el secretario general iberoamericano, el octogenario Enrique Iglesias. El uruguayo ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo ha hecho una buena labor, pero está ya declinante, y para sustituirle suena una figura relativamente secundaria, la de la ex vicepresidenta segunda costarricense Rebeca Grynspan, que hoy ostenta un alto cargo (secretaria general adjunta) en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Otra oportunidad perdida, a mi juicio, de haber colocado en este puesto, que puede ser clave, a una figura verdaderamente relevante en España y en toda América Latina: ha ganado el politiqueo, el afán por no provocar roces con nadie, y de ahí el probable nombramiento de la señora Grynspan, que no es personalidad conflictiva. Y, por cierto, ¿cuál es la agenda de temas a tratar, y resolver, en este evento? A nadie parece importarle; como siempre ha ocurrido.
Y esa viene a ser la tónica de esta «cumbre»: la huída de lo polémico, de las aristas y de cualquier paso verdaderamente adelante. Terreno, este tan llano, paradójicamente complicado para quien, como la representación española, tiene necesidad de pisar fuerte, de hacerse notar. ¿Lo lograrán?

fjauregui@diariocritico.com

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