Charo Zarzalejos – Lo que nos queda.


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

Hay noticias que por esperadas no dejan de perder su impacto. La distancia entre lo que se teme y ese temor se confirma, es inmensa, de ahí que la conmoción que ha supuesto el fallo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo tenía difícil antídoto. A muchos nos ha sorprendido, para mal, la extrema diligencia de la Audiencia Nacional para poner en libertad a Inés del Río. En ningún sitio estaba escrito que la excarcelación tenía que ser tan inmediata. A esta sorpresa se ha unido la inevitable polémica que ha servido, sobre todo, para poner la mirada en el pasado y el pasado ya es inamovible. El juicio y la memoria de lo que ha sido, en su conjunto, la lucha contra el terrorismo por parte de los sucesivos gobiernos ha estado en el centro del debate y es bien legítimo, pero cuando lo que nos queda, cuando lo que hay por delante es tan importante y tan serio mejor sería dar un paso adelante y pensar en ese futuro que esta ahí mismo.
Nos queda ver un goteo de excarcelaciones de etarras, violadores y asesinos de especial crueldad que hieren, de manera especial, a las victimas y a cualquier ciudadano de bien. La diferencia entre unos y otros, entre violadores y miembros de ETA, es que los primeros, ya antes de salir de la cárcel son sabedores de la repugnancia social que provocan; sin embargo los presos de ETA que, poco a poco, vayan saliendo de prisión saben que miles de personas en el País Vasco les perciben como luchadores de vanguardia, como actores imprescindibles de una causa totalitaria. Ahora esos miles de personas han decidido no realizar actos públicos de recibimiento. Forma parte de su estrategia pero que nadie dude que lo van a rentabilizar mas pronto que tarde.
Nos quedan por delante momentos de dolor y ese dolor debería ser el trampolín para un rearme moral para que la condena social no prescriba jamás. Cuando estén en libertad, sin arrepentimiento alguno, sin haber sabido en toda su vida lo que es un ápice de piedad, y de acuerdo con la ley serán ciudadanos libres en plenitud de derechos. Podrán pasearse por las mismas calles en las que cayeron sus víctimas y en mas de una ocasión es seguro que se cruzarán por alguna calle del País Vasco con familiares de los por ellos asesinados. Esto va a ocurrir y no hay ley que lo pueda impedir, pero esa misma ley lo que no impide es que sientan la condena social. Nada ni nadie puede obligar a los ciudadanos de bien, sea cual sea su ideología, que les tengamos en la misma consideración moral o ciudadana que a los que nunca han matado.
Nunca los que han matado deben ser equiparados al común de ciudadanos y mucho menos a sus víctimas. Y esta tarea, entre otras muchas, es la que queda por delante: acatamiento a la ley y a los tribunales, memoria sin afán de venganza -eso, nunca– para tener claro que los verdugos, verdugos son y determinación para que el final, aun por llegar, de esta macabra historia no la escriban quienes han matado y aplauden a los que han matado. ETA ha dicho en su último comunicado que no van a aceptar que el relato lo escriban los opresores; es decir, todos los demás. Pues a ETA hay que decirle y debe tener claro que sus presos podrán salir a la calle, pero que ese relato final va a ser el nuestro, el de todos los ciudadanos libres y decentes. Esta es una enorme e importantísima tarea pendiente. Difuminar responsabilidades, repartir culpas seria tanto como decir a ETA que alguna vez tuvieron razón. Nunca la han tenido y ahora tampoco.

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