Siete días trepidantes – Al Príncipe se le entiende todo.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Allí, en el Teatro Campoamor de Oviedo, nadie había pronunciado la palabra «Cataluña», pero pocas veces un término sonaba tan clamorosamente. La entrega de los premios Príncipe de Asturias adquiere cada año una mayor intensidad: ¿qué dirá el Príncipe ante una situación política cada vez más densa y tensa? ¿Habrá alguna mención al espinoso tema catalán, que, consta, trae de cabeza a La Zarzuela (y, claro, no solamente a la Casa del Rey)? Don Felipe, incluso con fallos en el «telepronter», se ha convertido, de pronto, en un bastante buen orador, y sus discursos, los haga quien los haga, transmiten convicción en lo que el personaje dice. Claro que no citó a Cataluña, pero, cuando reclamaba la necesidad de unidad frente a resentimientos, cuando clamaba por superar diferencias aferrándose al viejo cariño, se le entendía todo. Era una llamada a recuperar moralmente el gran país que España es de hecho, aunque a veces los habitantes de la nación parece que no nos lo creamos.
La gente que abarrota el Campoamor está, claro, a favor y no en contra: representa a una España. Pero este viernes aplaudió más que nunca a la Reina, y que cada cual interprete, en estos momentos que vive la Institución, como quiera este homenaje. Y me pareció -he asistido a las treinta y tres ediciones de estos premios_que también se ovacionó a Don Felipe más que nunca, quizá porque el personal que acude a la cita asturiana está algo angustiado ante tanta incertidumbre, e intuye que el heredero de la Corona, que cada día está más seguro, aunque no siempre esté bien acompañado por una parte de su entorno, es la solución a muchos desequilibrios políticos.
Claro que no es con discursos sin duda meritorios, pero genéricos, a favor de la unidad, como se solucionará el contencioso locamente abierto por Artur Mas y un sector de catalanes. Ni proponiendo, como ha hecho, también con buena voluntad, Alfredo Pérez Rubalcaba, generalistas reformas constitucionales, que esperemos se concreten con motivo de la ya inminente conferencia política del PSOE, que temo, ay, que va a estar más centrada en quién se presente o no a las primarias que en las reformas de fondo que quiere proponer el principal partido de la oposición. Y mucho menos vamos a encontrar soluciones en el inmovilismo de Rajoy, que, menos mal, ya ha anunciado un próximo encuentro con Rubalcaba en La Moncloa, con Cataluña y el futuro territorial como principal tema en agenda.

De todo eso hablaban notables y menos notables en los pasillos del Campaomor y del hotel donde se alojaban los ilustres premiados, donde siempre se celebra una masiva recepción en la que, lamentablemente, los Príncipes no están asequibles a todos los «fans» que quisieran verlos, hablarles, tocarlos, fotografiarse con ellos con el teléfono móvil. En una crónica de urgencia, que es un resumen de lo que ha acontecido esta semana en España, yo diría que allí, en esos pasillos, en ese entorno ovetense, estaba todo y estaban (casi) todos. Estaba el Gobierno representado por el titular de Educación, José Ignacio Wert, que recibía impasible los abucheos de unos centenares de manifestantes -banderas republicanas y del PCE_a la entrada del Campoamor, y por el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, que, con no menos parsimonia, te relataba en qué consistirá la protesta del lunes ante el embajador norteamericano por las presuntas, pero muy reales, escuchas ilegales a personalidades españolas: la cosa, claro, quedará en nada, que no está el patio como para andar abriendo muchos frentes con Obama.
Y estaban las instituciones, y algo del poder económico y algún poder autonómico, y una nutrida representación de esa sociedad civil instalada y ajena a muchos de los problemas que la otra España padece. Creo que el Príncipe, esa figura llena de connotaciones positivas que representa el futuro previsible de una nación que tiene que volver a venirse arriba, no debe dejarse representar solamente por esa España satisfecha de sí misma, pero que ventea tormentas y se refugia en lo que llama prudencia y no es sino pereza y temor; pienso que Don Felipe ha de tomar ya conciencia inmediata de que en él anidan la máxima responsabilidad, el máximo equilibrio, que es algo que escuché varias veces en mi deambular pasillero. Y entonces sus discursos acaso hayan de ser, forzosamente, más específicos, aunque, ya digo, ahora ya se le entiende todo.

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