Fernando Jáuregui – No, Patxi, no; esto no es Suresnes. Es otra cosa, pero ¿qué cosa?


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Dice Patxi López, ex lehendakari socialista y posible, primarias mediante,, que la Conferencia Política que hoy inicia formalmente el PSOE se asemeja a aquel Congreso de Suresnes que, en 1976, dio el poder a Felipe González, a Guerra, a Redondo, etc., y se lo quitó a los viejos exiliados de Toulouse comandados por Rodolfo Llopis. Comprendo el sentido de renovación total del partido que anima esta comparación de López, hijo él mismo de un «renovador» vasco muy cercano al histórico Ramón Rubial. Pero no es una evocación acertada, a mi juicio: en Suresnes, un grupo organizado -el del «pacto del Betis»- fraguó una operación de toma del poder. Tenían un programa, delinearon un método y una trayectoria. Había que derribar al franquismo tambaleante. Ahora no hay nada de eso.
No; ahora es diferente. Diferente incluso a aquel congreso del PSOE en el que el partido renunció, por imposición de Felipe González, al marxismo, tras pasar por meses de vacío de poder. Diferente a la situación creada tras aquellas primarias en las que, inesperadamente y contra la voluntad del «aparato», Josep Borrell derrotó a Almunia. Lo de ahora es completamente nuevo: un partido que salió destrozado de su paso por el poder, sin ideas, sin renovación, sin un liderazgo suficiente, aunque siempre repetiré que Alfredo Pérez Rubalcaba encarna el mayor talento político de este país. Ahora no hay un grupo organizado para tomar el poder, como ocurrió en Suresnes y como sucedió, en el año 2000, con el hasta entonces desconocido Zapatero. No; ahora no hay grupos que preparen sucesión alguna, aunque todos dicen -puede que, ante el espejo, incluso él mismo– que Rubalcaba está desgastado. No hay un enemigo, Franco, ni un estigma, el marxismo. Tampoco hay un plan para vencer en unas próximas elecciones, aunque haya que reconocer que el PSOE concurre a esta «cumbre» otoñal con un importante borrador de reformas legislativas, incluyendo la Constitución, y económicas, incluyendo algún salto en el vacío en el campo fiscal.
También hay que reconocerle al PSOE que es el único partido que ha decidido elegir a sus representantes, a todos los niveles, mediante elecciones primarias. Abiertas a todo aquel que quiera firmar una declaración de sintonía con el Partido Socialista, o con sus principios al menos, y pagar dos euros, en el caso del candidato a La Moncloa; limitadas a la militancia, en el caso de candidatos a la presidencia de una Comunidad o de una alcaldía.
Y sí, las primarias son un latazo para unos «aparatos» acostumbrados a hacer su santa voluntad lejos de la Luz y de los taquígrafos, pero hay que reconocer que son una bendición para la transparencia democrática, y eso es algo que habrá que agradecerle al PSOE algún día, cuando todas las demás formaciones se vean obligadas a dar este paso. Suponiendo, desde luego, que el PSOE lo dé efectivamente y sin red, contra lo que ocurrió anteriormente en Valencia -con la «zancadilla» a Antonio Asunción– y en el caso muy reciente de Andalucía, donde la «estrella emergente» Susana Díaz se encontró con todo el poder casi de golpe, tras constatar sus rivales que carecían de los avales suficientes como para poder ir a una votación.
Y eso es, para Rubalcaba, lo peor: que en los pasillos de esta Conferencia no se va a hablar de otra cosa de que primarias, de cuándo serán, de quiénes concurrirán a ellas* Y el preprograma electoral, tan cuidadosamente elaborado -ha cosechado doce mil enmiendas–, olvidado, o al menos colocado en segundo término, en el ángulo oscuro de algún rincón.
Pero que nadie piense que, con ello, minimizo el alcance de esta «cumbre» socialista, que se realiza cuando las encuestas abruman al PSOE con sus muy duros veredictos. Muy al contrario; me parece un ejercicio respetable y con muchos ingredientes para animar la alicaída vida política nacional. Especialmente si, como estoy casi seguro que, lamentablemente, no hará, el rostro principal que emerge de entre un bosque de rostros, Alfredo Pérez Rubalcaba, anunciase de una vez que él va a quemar sus últimos meses al frente de su partido buscando acuerdos nacionales en temas importantes, retirándose después a un puesto en el que se puedan aprovechar sus muchas vivencias y sus buenos consejos. Pero ya digo: no lo hará, porque sigue aún, increíblemente, deshojando la margarita: me quieren, no me quieren*

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