Siete días trepidantes – Adiós, Rubalcaba, adiós.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Que un cónclave partidario al que asisten tres mil personas esté más pendiente del discurso de apertura de Susana Díaz, al fin y al cabo una recién llegada a los máximos titulares, que del discurso de clausura, este domingo, del veterano Alfredo Pérez Rubalcaba, es ya todo un síntoma. Como lo es que el «refundador», el hombre que fabricó un nuevo PSOE en Suresnes, treinta y siete años ya, Felipe González, diga, sin pelos en la lengua, que a Rubalcaba le falta liderazgo. Y, para colmo, una nueva encuesta del CIS le suelta a la cara, la víspera casi de esta «cumbre» socialista, que más del noventa por ciento del electorado confía «poco o nada» en él (claro que más del ochenta por ciento desconfía de Rajoy. Y de los demás, ni digamos). Con estos datos en la mano, y algunas conversaciones «de pasillo» con socialistas que vienen de muchas partes de España, me siento más bien dispuesto a entonar con cierta pena, porque a veces más vale malo conocido que bueno por conocer, el «adiós, Rubalcaba, adiós».
Es la hora de las apuestas -porque no se han querido aclarar las cosas antes de esta «cumbre», y de ello el propio secretario general es responsable de administrar mal los tiempos políticos-. Y, si uno, que tanto ha visto, tuviera que apostar, apostaría que Rubalcaba no concurrirá a la reelección frente a quien sea (¿Rajoy? Ni siquiera de eso estoy seguro. Pero ahora no toca hablar de él) en la recta final hacia las elecciones de 2015. Lo que no entiendo es que no lo anuncie ya, aunque no descarto que el día menos pensado se descuelgue con una cauta declaración, hablando de la apertura de la campaña hacia las primarias y dando a entender que él no estará en esa carrera.
Lo que ocurre es que Alfredo Pérez Rubalcaba sigue siendo el mejor en su campo. Un talento político. Un hombre fundamentalmente honrado, me parece, que cree en el servicio a España, quizá por encima del servicio a sí mismo, aunque no siempre se haya notado. Te lo dicen todos en el PSOE, inmediatamente antes de añadir que ahora debe ya marcharse, porque, como dice Felipe González en sus últimos escritos, en estos momentos es más el problema que la solución: el 79 por ciento de los votantes del PSOE no quiere a Rubalcaba como candidato.
Aplausos, pues, a Rubalcaba en la hora de la marcha, especialmente porque ha organizado esta Conferencia de la renovación ideológica y quién sabe si moral de la segunda formación nacional en España, la más histórica, la que aún -aún- es la alternativa a quien nos gobierna. Pitidos porque ha cometido algunos errores, internos y externos; el mayor, no estar organizando bien la sucesión, posponer esas primarias que el PSOE necesita como el comer, no decantarse -ya sé que otros se lo reprocharían- por alguno o algunos de los que aspiran a una competición por el principal sillón en Ferraz que no tiene precedentes, y no me digan que a aquella chapuza que situó a Borrell como candidato frente a Almunia se le puede llamar elecciones primarias. Bueno, al menos sabemos que Carmen Chacón, tras tanta agua pasando bajo los puentes, no es la sucesora que más le gustaría: ya se ha llevado algún alfilerazo procedente del secretario general.
Lo que viene es una auténtica campaña electoral interna, en la que competirán seguramente desde la propia Chacón hasta, quién sabe, el alcalde de Toledo, Emiliano García Page. Pasando, claro, por los nombres clásicos, Patxi López, Eduardo Madina, quizá Juan Moscoso… Y no, Susana Díaz tiene que probar que es buena presidenta de Andalucía antes de tratar de serlo de España. Por los pasillos de la «cumbre» circula, quizá sin mayores encuestas que lo apoyen, el nombre del aún joven y siempre silencioso Madina como el más probable ganador en esta apasionante confrontación en la que se quiere que participe no menos de un millón de votantes, pagando dos euros al tiempo de introducir la papeleta e inscribiéndose en una especie de lista de simpatizantes de las idea socialistas. Un modelo casi -casi- «a la francesa», inspirado en aquella interesante batalla que llevaría a Hollande al Elíseo.
Sé que, con esta crónica nominalista, vulnero los propósitos de los organizadores de esta «cumbre» -el propio Rubalcaba, Elena Valenciano, Oscar López, la ascendente María González-, que pretende, arrasando con todos los principios de la comunicación periodística, que se hable más de programa que de personas. Y conste que el programa que se propone en esta «cumbre» merece la pena o, al menos, merece la pena debatirlo -ojalá en un intento de pacto con el PP; pero eso, ya se ve, es mucho pedir-. Pero los programas los aplican las personas, la gente vota a rostros, a discursos. Y será otro, no creo equivocarme, quien pregone las bondades de estas reformas puestas negro sobre blanco por, aplausos, por favor, Rubalcaba. Otro, que tendrá que criticar las equivocaciones en los tiempos y los modos de, lo siento, pero silbidos, por favor, ese Rubalcaba que, al fin y al cabo, resulta que no era eterno.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído