Francisco Muro de Iscar – Cuchillas en la verja de Melilla


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Lampedusa no está sólo en el sur de Italia. Los españoles tenemos los nuestros. Allí los ciudadanos tienen prohibido auxiliar a los inmigrantes ilegales. Es un delito por el que pueden ser condenados. Aquí, en ocasiones, se hace de otra manera ¿más sutil? La defensora del Pueblo, Soledad Becerril, pidió ayer públicamente al Gobierno que retire las cuchillas que ha ordenado colocar en la verja de Melilla para que no la asalten los emigrantes. Es una de las pocas voces que se han alzado contra esta terrible acción.
Estas hojas afiladas se pusieron en 2005 y Rodríguez Zapatero se comprometió a quitarlas en 2006, aunque lo hizo en 2007, porque producían graves heridas en brazos y piernas a los ciudadanos africanos, generalmente subsaharianos, que trataban de entrar en la ciudad autónoma escalando la valla. Una valla que tiene una extensión de nueve kilómetros y que tenía tres metros de altura. Luego, esa altura se dobló con una «inversión productiva» de 30 millones de euros. Además, parece que se va a colocar una malla especial para evitar que los que intentan buscar la libertad puedan meter sus dedos.
Ha dicho Soledad Becerril que es una situación dramática y que, aunque se suba la altura de las alambradas o se pongan cuchillas, muchas personas intentarán saltarlas como otras seguirán llegando en débiles embarcaciones. «Desgraciadamente habrá otros Lampedusas», ha dicho Becerril, pero los seguiremos olvidando un par de semanas después de que la costa o la valla se llenen de cadáveres de gente inocente. Hay una deuda con los habitantes de Canarias, de Ceuta y de Melilla o con los de Lampedusa.
Europa es incapaz de construir una política que atienda ese problema, que ofrezca soluciones en los países de origen, y sólo pone barreras que los inmigrantes saltarán, tengan la altura que tengan, estén o no llenos de cuchillas. La desesperación es mucho más potente que la resignación. La miseria siempre es mucho peor que la pobreza. Alguien escribió que antes los muros se ponían para no dejar salir y ahora se construyen para no dejar entrar. Es todo un síntoma. Pero no hay muro que aguante tanta desesperanza. Estamos dispuestos a ayudar a las víctimas de la tragedia de Filipinas, pero dejamos morir, sin ningún remordimiento, en el mar o en una verja a quienes sólo reclaman alguna de las migajas de este Occidente que va perdiendo todos sus valores.

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