Carlos Carnicero – Una cuestión de soberanía


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

La Constitución señala claramente que la soberanía española reside en todos y cada uno de sus ciudadanos y se representa y manifiesta en Las Cortes Generales.

Ese fue el resultado del referéndum de 1978 y hasta la fecha nadie ha movido ficha para cambiar la Constitución con los términos y procedimientos que están contemplados en ella.

La sujeción a la ley es la norma básica de un Estado de Derecho. Y dentro de la ley y la Constitución, incluidos sus mecanismos de reforma, todo o casi todo es posible, en la medida en que la manifestación legal, legítima y reglamentada de la soberanía popular así lo pudiera decidir.

La pelota que está en el tejado de la Generalitat y del Parlamento de Cataluña es la de realizar una consulta no contemplada y proscrita por la Constitución española. Solo el gobierno de la nación puede impulsar una consulta de la naturaleza que pretenden los secesionistas catalanes.

La promulgación unilateral de independencia o la realización de una consulta convocada por el Parlamento de Cataluña sería radicalmente ilegal y crearía una situación de crisis política e institucional de incalculables consecuencias.

El PSC, partidario del derecho a decidir en el marco de una consulta pactada con la representación del estado, está metido también en un buen lío. En estos asuntos, las palabras tienen contenido, significado y consecuencias.

No se puede ejercer el «derecho a decidir» sobre lo que no se tiene capacidad para ejecutar ese derecho. El juego de las palabras y los envites verbales tienen el daño colateral de general expectativas emocionales sin traducciones reales.

Y eso es lo que sucede en Cataluña. Y una cosa que debiera ser fácil y natural, como decir claramente lo que la ley determina, es un acto de coraje que no se efectúa frecuentemente en el universo catalán.

La racionalidad y la coherencia están erradicadas de la política catalana. Se pretende conseguir lo que no es imposible y se juega con cosas tan serias como el Holocausto del pueblo judío y la pretensión de una equiparación entre el pueblo hebreo y el pueblo catalán.

Fuegos de artificio que nadie se toma en serio, pero que hacen efecto mediático.

El silencio de ERC sobre el viaje del president Mas a Israel y la equiparación del destino del pueblo judío con el catalán, ni siquiera consigue una explicación de los socios de gobierno de CiU, ERC, pretendidos adalides de las causas palestinas.

Vale todo menos la racionalidad. No sirve el aviso tajante de la Unión Europea de que una Cataluña independiente saldría inmediatamente de Europa.
Con estos parámetros, el abismo está enfrente de todos los españoles.

Cuestiones que los estados modernos remataron en el siglo XIX, como muy tarde, en España lastran nuestra introducción en el siglo XXI.

Esta crisis entre una gran parte de catalanes y de sus instituciones, no es puntal.

Apunta al corazón mismo de la soberanía española; es decir de nuestra democracia. Y ahora mismo, nadie se aventura a predecir una salida.

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