Más que palabras – !ASESINOS!


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Un total de 700 mujeres han sido asesinadas en España, en la última década, por sus parejas o exparejas. Esto significa una media de setenta homicidios cada año, desde que en 2003 se empezó a hacer una estadística con precisión. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas más de 600.000 mujeres cada año, son víctimas de algUn tipo de violencia machista, aunque menos de la cuarta parte lo reconocen abiertamente. También 840.000 niños y niñas padecen la violencia que se ejerce sobre sus madres y más de medio millón son maltratados directamente.
¿Cómo reaccionaría la sociedad si en vez de mujeres y niños las víctimas fuera jueces, periodistas o políticos? ¿Qué diríamos si al año se asesinaran a setenta profesionales cualificados de cualquier sector o colectivo influyente? La alarma social sería inmensa y aunque es cierto que nos hemos dotado de leyes para combatir este terrorismo doméstico algo falla cuando, lejos de disminuir, las víctimas siguen aumentando y cada vez son más jóvenes.
Yaneth, arrojada desde un segundo piso por el que era su novio en la localidad malagueña de Fuengirola el 7 de enero de 2003 fue la primera de una estadística poblada de historias terribles y sangrientas de mujeres cuyo único rasgo en común es precisamente su condición de género. Ella tenía 28 años, era extranjera. La mujer asesinada el pasado sábado en la localidad conquense de Villanueva de la Jara, la última en ingresar en esta macabra lista, era española, rondaba los 40 y tenía dos hijos pequeños. Está claro que la violencia machista no conoce de clases sociales, ni depende de niveles intelectuales, culturales o educacionales. La pregunta es ¿por qué en una sociedad avanzada se siguen produciendo casos terribles? Y la respuesta es que esto no sería posible sin grandes complicidades y cómplices que los hay a todos los niveles.
Son cómplices estos asesinos, las familias y los amigos, incluso los vecinos o compañeros de trabajo que callan o miran hacia otro lado cuando empiezan a sospechar lo que esta ocurriendo. Somos cómplices los medios de comunicación cada vez que recogemos testimonios que definen a estos asesinos como vecinos ejemplares. Son cómplices los jueces cuando no dictan sentencias ejemplarizantes, no actúan de oficio cuando se retiran las denuncias o minimizan estos casos.
Sabemos perfectamente que los asesinos son camaleónicos animales peligrosos que se transforman adaptándose perfectamente para sobrevivir en su medio natural. Fuera del hogar dan la impresión de ser personas de bien, buenos vecinos, educados y correctos, pero de puertas adentro en su casa son peligrosos depredadores, capaces de acosar y hacer un daño infinito a quienes les rodean. De lo que se trata es de desenmascararles, y, señalarles con el dedo acusador y si las víctimas son incapaces de decir «no» porque están aterrorizadas, ha de ser la gente más próxima quienes les delaten.
Si los asesinados o maltratados fueran jueces de prestigio, periodistas o conocidos políticos los asesinos estarían desde el minuto uno bajo rejas y todo el mundo les daría la espalda. El tema pues no es que el hecho sea distinto, sino que las víctimas lo son, porque son mujeres aterrorizadas y niños indefensos y ¡claro, que en este tema si hay víctimas de primera o segunda!

Algo hemos hecho mal, muy mal cuando cada vez las víctimas son más jóvenes o cuando el acoso a través de las nuevas tecnologías se está extendiendo como la peste. El machismo en el watt o en los SMS utiliza las mismas palabras de siempre «zorra» «puta» y las amenazas también nos resultan muy conocidas «te voy a matar», «no vas a poder salir a la calle». ¡Claro, que tres de cada cuatro jóvenes sigue pensando que los celos son una expresión de amor y los primeros malos tratos solo una muestra mas de cariño. ¿En qué nos estamos equivocando para que esto sea así?. O enseñamos a nuestras hijas a decir «no» y a nuestros hijos a denunciar a los acosadores o cualquier día ellas serán un número más de esta dramática estadística y ellos quienes protejan o sean los maltratadores. ¡Basta ya!

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