La ministra Ana Mato hace oposiciones a censora y se atreve con el Arzobispo de Granada.


Pues sí. La inefable ministra de Sanidad, Ana Mato, es con mucho la peor, la menos cualificada y la más mediocre de cuantas han estado al frente de tan importante ministerio, muy por debajo en nota de Trinidad Jiménez y Leire Patín, por hablar de mujeres-cuota o favorecidas del partido, por la cara u otras razones inconfesables. Lo cierto es que la ministra que lleva la cartera que por formación y profesionalidad le correspondería a Pilar Farjas, está haciendo oposiciones a censora y se entrena nada menos que con el Arzobispo de Granada. Pica alto la chica, sí.

En un artículo anterior critiqué al Partido Popular de Andalucía, o más en concreto a su secretario general, José Luis Sanz, que había tenido la osadía de enmendarle la plana al arzobispo don Francisco Javier Martínez, por la defensa de la publicación del libro Cásate y sé sumisa de la periodista italiana Constanza Miriano. A pesar del revuelo, interpreté el hecho como una polémica local, interesadamente agrandada por las feministas radicales y la izquierda, para quienes, en vista de la penuria argumental, la Iglesia es la gallina de los huevos de oro.

Según doña Ana Mato el libro Cásate y sé sumisa atenta contra la libertad y la dignidad de las mujeres y por eso pide su retirada de las librerías. Celebro que el Arzobispo haya aplicado aquello de “a palabras necias, oídos sordos”, porque la necedad es mayúscula. Dicho esto, conviene hacer tres consideraciones:

Primera. Lo que realmente atenta contra la dignidad de cualquier mujer es aceptar “sumisamente” que un marido pague viajes y confetis, y conducir también “sumisamente” el Jaguar aparecido en el garaje en pago a no sé qué cosas, y a tramas financieras bien conocidas. Eso sí que es “sumisión” indigna y no la que propone en el libro Constanza Miriano.

Segunda. El artículo 20 de la Constitución reconoce el derecho a “expresar, y difundir, libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Mi artículo anterior, más que las ideas del libro, se ocupaba de la reivindicación y defensa de este derecho.

Tercera. Me llama la atención la falta de ecuanimidad de Ana Mato y su diferente vara de medir, según qué cosas. Hace poco más de un año hizo furor un libro titulado Las 50 sombras de Grey, una novela erótico-pornográfica, cuyo origen es un “fanfiction” de Crepúsculo, que los responsables no aceptaron y se publicó por separado. Curiosamente e irónicamente para la Ministra de la ocurrencia, aprendiz de progre, el libro de Grey también habla de sumisión, pero no de una sumisión que podríamos considerar como positiva o, cuando menos, perseguidora de un bien final, sino de la sumisión obscena que promueve la subcultura del BDSM, estrechamente asociada con la subcultura Leather (cuero).

Para ayudar a la comprensión de mi postulado, y dado que no es un término conocido, considero indispensable dar una pincelada sobre este movimiento de sexo sin límites. El BDSM es un acrónimo formado por las iniciales de las palabras “bondage” (B), “disciplina y dominación” (D), “sumisión y sadismo” (S) y “masoquismo” (M). El “bondage” se refiere a todo tipo de atados con cuerdas, cuero, pañuelos o esposas. El BDSM engloba prácticas de sexo duro sin límite, con todo tipo de objetos, vejaciones, golpes con látigo o aberraciones como la lluvia dorada. Todo tiene cabida, siempre que haya consenso. Los practicantes defienden la “poliarmonía” –un cajón de sastre donde vale todo—y tienen muy a gala que sus relaciones deben ser seguras, sensatas y consensuadas. ¡Qué monos! ¡Si encima nos van a dar lecciones de moral! El movimiento se origina en Estados Unidos, en los colectivos de activistas homosexuales masculinos, en los que no existe ningún tipo de moral y la transgresión es la norma. Más tarde se incorporarían grupos de lesbianas y heterosexuales, y, en la actualidad aglutina a los que hace años eran denominados como pervertidos.

Psicológicamente, las personas que practican el BDSM suelen tener problemas de adaptación social y/o sexual e incapacidad para gozar del sexo de manera natural. El BDSM está relacionado con la llamada subcultura del cuero (Leather) y están asociados también con el Heavy Metal y el Black Metal. A sus practicantes les gusta ser identificados por una estética que cumplen a rajatabla. Las mujeres suelen utilizar como elementos básicos el cuero, el vinilo y el látex, e incluyen prendas de marcada connotación fetichista, como corsés, bustiers, botas y zapatos de tacón muy alto, ligueros y medias de rejilla. También utilizan collares “de perro”, con tachuelas y pinchos. Ellos se caracterizan por usar pantalones y camisas oscuras que pueden ser de cuero, vinilo, látex o seda dependiendo de si son homosexuales o heteros. Los piercings y tatuajes forman asimismo parte de su estética.

Con el avance del relativismo moral este movimiento va in crescendo. Existen clubs donde realizan sus aquelarres, y en los últimos años se ha puesto de moda para los “exóticos” la llamada prostitución especializada.

Hace unos años, el masoquismo y el sadismo eran considerados patologías. En la actualidad, el DSM-IV, que engloba los criterios diagnósticos de las enfermedades y desórdenes mentales, los acepta como fantasías y solo serían patológicos dependiendo de “significativos perjuicios en las esferas social y laboral, así como en las otras áreas principales de actividad que deben presentar las fantasías, pulsiones sexuales o actividades para ser patológicas”. Pero, ¿dónde está el límite?, nos preguntamos.

Dicho esto, volvemos a nuestra querida ministra, Ana Mato y sus criterios sobre los libros. En Las 50 sombras de Grey se cuenta la sórdida relación de un joven millonario (Christian Grey) y una estudiante de periodismo (Anastasia Steel). No se trata de una historia de amor, ni siquiera romántica, y él lo deja claro. Se trata de sexo extremo de BDSM a propuesta de él, a pesar de que ella le confiesa que es virgen.

En principio, el libro iba dirigido a un target de mujeres de más de treinta años. De hecho, fue denominado “porno para mamás”, pero muchas adolescentes cayeron bajo en embrujo de las “no leyes en el sexo”. ¡Qué pena! Tantas décadas luchando para alcanzar la mayoría de edad intelectual, para al final convertirnos en carne de cañón de la pornografía, en virtud de un falso derecho a una libertad vacía y ramplona. ¿Es estar liberada atar o dejarse atar (bondage) o someterse a vejaciones –activas o pasivas— como la lluvia dorada y otros excesos? Esto sí me parece una agresión a la mujer, sobre todo a las adolescentes que están aprendiendo el camino de la vida, y una dirección equivocada puede conducir a un fracaso seguro y sin retorno. En cuanto a estas técnicas, ¡cuidado! Las parejitas pueden empezar por broma o puro juego, mimetizando lo que leen o ven, y la cosa puede ir a mayores. Aun así no pediría la retirada o secuestro del libro y sí mucha más educación.

Sobre la protección de la juventud, la Constitución dice en el mismo artículo 20.4: “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Titulo, en los preceptos de las leyes que lo desarrollan y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”. (Las negritas son mías). Claro que, este último texto debe estar solo de adorno, porque a pesar de los códigos reguladores, ninguna cadena televisión privada cumple con el horario protegido y protegido reforzado. ¿Nadie se entera? ¿A nadie le importa?

La ministra Mato, después de todo lo que tiene encima, con recortes, copagos, privatizaciones a especuladores, externalizaciones y concesiones a imputados… mejor que no haga nada, ni diga nada. En estos casos, pasar inadvertida es lo mejor.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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