Carlos Carnicero – Nosotros «los traidores»: Reflexiones sobre la crisis de UGT Andalucía


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Hace tiempo que no sé quiénes son los míos. Bueno, precisaré la afirmación. Me refiero fundamentalmente a las organizaciones políticas, y por extensión a las sindicales.

Siempre me he sentido un lobo solitario, acompañado cerca o en la distancia, por otros muchos naúfragos de estas izquierdas desorientadas frente al auge del liberalismo económico. En este oficio, ser lobo de manada lleva acompañada la exigencia de incondicionalidad. Es decir, de sumisión. No se tolera la libertad de pensamiento y el ejercicio libre de la crítica.

Y cada vez que ejerzo una crítica hacia quienes mas cercanos me siento, la respuesta que se invoca es la traición.

No a unos principios que he sentido como propios a lo largo de toda mi vida, sino a quienes pretenden monopolizar esos credos, su administración exclusiva y su interpretación. Y que además, sin consultarte, se arrogan un sentido de dominio sobre los que sienten como propios, excluyendo la posibilidad de que la independencia de pensamiento permita la discrepancia.

Si criticas a «los tuyos», a los que se creen que les perteneces, la invocación es que estás favoreciendo las tesis contrarias y las organizaciones rivales a las que por analogía ideológica estás más cercano. Si además actúas con lealtad intelectual y rigor profesional, el marchamo de «traidor y desleal» está garantizado.

No quisiera ofender a nadie. Sé de la existencia de mucha gente honesta que soporta el compromiso político o sindical, o ambos, con una generosidad extrema, avalada por los progresos de la humanidad, y sobre todo de las clases más humildes, eternamente sometidas por un sistema que no permite sacar cabeza a los perdedores de la guerra de la vida, que tienen derrotada a partir de la fatalidad social de su nacimiento o por el fatalismo geográfico que les condenará siempre a la pobreza y al ostracismo.

Pero el sistema de partidos y de sindicatos no se ha salvado de la existencia de élites que han domeñado la democracia interna para convertir ambas instituciones, esenciales para la vida democrática, en maquinarias de poder.

En partidos y sindicatos anida lo mejor de cada sociedad. Mujeres y hombres que han entregado su vida, o una parte de ella, al compromiso con sus compañeros y con la ciudadanía. Y ahora, partidos de izquierda y sindicatos, soportan el descrédito que les proporcionan conductas individuales o de pequeños colectivos que han sucumbido a la debilidad humana de la corrupción, el nepotismo o el abuso de poder.

Incluso cuando las conductas obscenas son tan visibles que no habría modo de sortearlas, la pretensión es el silencio complaciente y sumiso de los que se consideran que eres suyo.

Todo lo anterior viene a colación de la formidable crisis que sufren los sindicatos. Y muy especialmente, en estos días, la organización UGT de Andalucía, rodeada, no solo ellos, de los escándalos de los ERES fraudulentos y de utilización de dinero público de forma torticera al margen del destino que les tenía atribuida la ley.

Se ha estado negando la evidencia con una tozudez suicida. Y algunos de los dirigentes de UGT Andalucía miraban para otro lado cada vez que los hechos les retrataban en una situación insostenible.

Pero no solamente callaban ellos. Pretendían que todos los suyos les acompañaran en el ocultamiento y la negación de unos fraudes en las que la inmensa mayoría no había participado y que además desconocían de su existencia.

La dimisión del secretario general de UGT Andalucía, Francisco Fernández Sevilla, se ha conseguido con agua hirviendo. Cuando ya la organización confederal le ha puesto contra las cuerdas, se ha visto forzado a dimitir.

Es clamoroso el silencio de quien durante casi veinte años ha ejercido con mano de hierro la secretaría general de ese sindicato en Andalucía. Manuel Pastrana se retiró de primera línea el pasado mayo, aquejado de graves problemas de salud. Y dejó atado y bien atado el control de la organización en el nuevo secretario general, Francisco Fernández Sevilla, mano derecha del veterano líder y muñidor de muchas de las obscenidades que están saliendo. Ahora, cuando ya se ha producido una reclamación millonaria de la Junta de Andalucía, la dimisión del secretario general se ha producido en medio del silencio de la inmensa mayoría de dirigentes y militantes cualificados del sindicato.

Creo que por lo menos ha habido una excepción. Naturalmente, inmediatamente tachada de deslealtad y de traición. Me refiero a Ana Pérez Luna, ex secretaria de la Mujer de UGT Andalucía, hasta el último congreso del sindicato.

Conozco hace tiempo a Ana. Le he visto defender los derechos de los trabajadores en una empresa sumida en una crisis profunda. Como presidenta del comité de empresa de Isla Mágica, sigue teniendo la confianza de sus trabajadores con una eficaz gestión de los derechos de los trabajadores y colaborando en encontrar un plan de viabilidad que haga sostenible a la empresa.

No he leído cosas más claras, directas, honestas y sinceras que las escritas o pronunciadas por Ana Pérez Luna en estos días desde dentro de UGT. Ha invocado esta sindicalista la necesidad de una regeneración dentro del sindicato.

La asunción rápida de responsabilidades por quienes tenían a cargo el manejo de la subvenciones públicas y proceso de transparencia interna para que los militantes del sindicato ejerzan la soberanía sobre la organización que les corresponde.

Dice Ana, que la exigencia de «lavar los trapos sucios en casa» es el pretexto de quienes no quieren responder de sus errores y los remiten al interior de una organización donde el control que ejercen sobre ella les garantiza, no solo la impunidad, sino además perpetuarse por sí mismos o por sus adelantados en el manejo eterno del sindicato. Habla de la triple discriminación que sufren los jóvenes, las mujeres y, también de clase, quienes pretenden dar vida a su dedicación sindical.

Me siento tan traidor y desleal como Ana Pérez Luna. Y lo digo porque, como le ocurre a ella, siento a los sindicatos de clase como algo propio, íntimo e imprescindible para la negociación colectiva y para la defensa de los derechos de los trabajadores, estén afiliados o no.

En una sociedad que cada vez más no confía en nadie -desde la Jefatura del Estado a las organizaciones políticas, empresariales y sindicales, sin dejar de lado la Justicia, y motivos le sobran para esa desconfianza-, la crítica ejercida con responsabilidad, radicalidad y publicidad, es el mayor ejercicio de lealtad hacia partidos y sindicatos. Porque, o les obligamos a regenerarse, o nos quedaremos sin ellos.

Ana Pérez Luna está siendo desacreditada por la mayoría de los suyos. Invocan venganza, por no pertenecer a la facción que ganó en el último congreso. Y también deslealtad, que consideran indisoluble con su silencio.

Dicen además, como no podía ser de otra manera, que quiere hacer carrera política en el sindicato, cuando ya ha regresado a su puesto de trabajo y sigue siendo la presidenta del comité de empresa y ya está negociando el próximo convenio colectivo.

Gracias a traidores y desleales como Ana Pérez Luna, UGT de Andalucía volverá a conquistar el respeto de los trabajadores y el reconocimiento de tantas victorias laborales. Gracias a gente como ella, los sindicatos seguirán siendo pilar y soporte de nuestra sociedad.

Gracias a traidores como ella.

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