Fernando Jáuregui – Crónica de lo que, lástima, parece que no va a ocurrir.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Los sondeos siguen mostrando el desgaste del Gobierno (y de la oposición, claro). Y el relato de lo que cada día nos ocurre aquí y ahora también deja bastante claro que existen disfunciones que solamente el Fontanero mayor, que parece que anda como remiso a acudir a arreglar las cañerías, podría solucionar. O sea, que es un clamor la necesidad de proceder a una remodelación del Ejecutivo que preside Mariano Rajoy. Pero él parece decidido a batir el récord de Aznar, que permaneció dos años, ocho meses y trece días sin cambiar a un solo ministro. Y, al fin y al cabo, a Rajoy le faltan aún un par de semanas para llegar al segundo aniversario de su entrada en el principal despacho de La Moncloa.
Crece la sensación de que nada se mueve en los despachos oficiales más allá de los emplastes imprescindibles, de que no hay política. Este viernes llegaremos a soplar treinta y cinco velas colocadas sobre el pastel de la Constitución, de cuya reforma el Gobierno, o al menos, Mariano Rajoy, nada quiere oír hablar: he escuchado al presidente decir que el texto constitucional, tal como está, es válido para otros diez años. Y, lamento decirlo, pero esto simplemente no es así: fíjese usted que, por poner tan solo un ejemplo anecdótico, nuestra ley fundamental sigue hablando del servicio militar obligatorio. Y no le digo nada si usted tiene la paciencia de releer el Título VIII, dedicado a la marcha del Estado autonómico: es una normativa para salir de un centralismo autoritario, inválida tres décadas y media después, con la que ha caído en materia de avances tecnológicos, modificaciones de costumbres sociales, cambios en la marcha de Europa y caída del muro de Berlín, introducción y pasión del euro* y un largo etcétera.
Dicen que los países que no son capaces de adelantarse a su futuro acaban siendo estados fallidos. No diré yo tanto de este gran país llamado España, pero debo admitir que me da la impresión de que al menos la estrategia de dejar que los problemas se pudran por sí solos sí está siendo fallida. O, al menos, muy arriesgada. Porque la realidad contradice todos los días el mensaje de calma chicha que se nos transmite desde los despachos oficiales. Ahora mismo, tenemos a un ministro del Interior con riesgo de enfrentarse con la calle (ya lo ha hecho, por cierto, con el Gobierno vasco, de manera innecesaria); a un ministro de Justicia enfrentado con su sector profesional; a un ministro de Industria, enfrenado con las eléctricas (y con el ministro de Hacienda); a un titular de Educación enfrentado con profesores y alumnos de toda suerte y condición; a una ministra de Trabajo que no sale a dar la cara para explicar en qué va a consistir eso de la segunda reforma laboral, teniendo que dejar ese trabajo a su colega de Economía y a campañas publicitarias; a un ministro de Economía enfrentado, por el regulador, a la Banca; a una ministra de Sanidad a la que los sanitarios no reconocen…
Dígame usted, amable lector, si caben más incendios. Pero «Moncloa locuta, causa finita»: ya nos han dicho que los ministros, todos los ministros, se tomarán el turrón en el cargo. Y que, si de Mariano Rajoy depende (que sí, que de él depende), no habrá remodelación en toda la Legislatura. Verá inscrito, entonces, su nombre y el de sus ministros en el libro Guinness de los records, enorme hazaña, mientras el bosque se va quemando, árbol o árbol. No importa, porque a los socialistas les va peor, te dicen, en un arranque de sinceridad, algunos altos cargos conocidos de tiempo ha. Nerón tocaba la lira cuando las llamas devoraban Roma. Dicen que no es cierto que él provocase la catástrofe: simplemente, dejó hacer a quienes la provocaron, absteniéndose de actuar. Pues eso.

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