Fernando Jáuregui – Las dos grandes reformas no tan pendientes


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Uno, a veces, tiende a pensar, en su optimismo crónico, que hay una mente planificando las cosas. Cuando este miércoles vi que la ministra de Empleo, Fátima Báñez, presentaba, en un multitudinario desayuno de Nueva Economía, a su colega de Educación, José Ignacio Wert, fue una de estas ocasiones. Porque los departamentos de Empleo y Educación son los que están embarcados en estos momentos en España en un proceso reformista de mayor calado y, además un proceso con el que uno y otro departamento se interrelacionan.
Me animó comprobar también que Wert, a quien considero un buen ministro pese a su empeño en borrar sus realizaciones positivas con absurdas salidas de tono, hacía hincapié en la «empleabilidad» derivada de la educación. Es decir, en que la educación no tiene otro remedio que dotarse de un carácter finalista, que es preparar al alumno para encontrar un empleo. Justo lo contrario de lo que ahora está ocurriendo.
Lo que ocurre es que Wert, que respondió a una pregunta que yo le hice sobre educación para el emprendimiento de una manera, a mi juicio, un poco vaga, pone el acento en la formación profesional como medio más probable de lograr un puesto de trabajo; mucho más probable, según las estadísticas, que aquel que tiene solo formación de Bachillerato e incluso que aquel que termina los estudios con un título universitario.
Es decir, que la reforma educativa que supone la controvertida LOMCE, donde la preparación para el emprendedor ocupa solo un carácter secundario, se fija mas todavía en los aspectos académicos que podrían estar relacionados con el «hit parade» del Informe PISA que en otras cuestiones más prácticas.
Y hoy en día no existe cuestión más práctica en España, ni problema mayor, que el de encontrar acomodo laboral a esos teóricos seis millones de desempleados; puede que sean menos, pero incluso el desempeño de un trabajo «sumergido» construye un factor de desesperación y de incertidumbre para quien se ve obligado a ejercerlo.
Creo que esta intervención del titular de Educación tiene mucho que ver con las últimas cifras que hemos conocido del INEM correspondientes al mes de noviembre. Mes tras mes, comprobamos el avance del trabajo precario y el retroceso del estable o permanente. Lo que quiere decir que el panorama laboral, guste o no guste a los sindicatos, guste o no guste a la ministra Báñez, se sustenta cada vez más sobre autónomos y emprendedores y cada vez menos sobre contrataciones de eso que antes se llamaba «en plantilla» y para toda la vida.
La situación, vista así, puede considerarse como de botella medio llena o medio vacía, según lo expresen los sindicatos o la patronal y el gobierno. Lo que sí es cierto es que el gran, enorme, debate nacional está así planteado: trabajo temporal, más o menos duradero y fundamentalmente emprendedor, frente a empleo «clásico, que es lo que siempre hemos estado acostumbrados y que, querámoslo o no, parece que está cada vez más en peligro de extinción.
Ignoro si la conjunción de los dos ministros que tienen las reformas interconectadas en sus manos en un acto público con muchos asistentes fue causal o casual. Sí digo que es cierto que Wert parece tener claro que hay que poner la una en función de la otra; pero no explicó a fondo cómo hacerlo y ello sirvió para atenuar no poco el optimismo con el que llegué al acto.
Su tibia respuesta, diciendo que es una cuestión más bien cultural y de educación en casa, a mi pregunta sobre cuándo se implantará a los jóvenes una educación más emprendedora y menos destinada a generar funcionarios, tampoco aviva mucho mis esperanzas.
Pero algo es algo, algo se está moviendo, aunque solo sirva para incentivar ese gran debate pendiente en el seno de los sindicatos, de las instituciones, de la Universidad y de la enseñanza en general, para no habar ya del gobierno y de los propios medios de comunicación, que es la «revolución emprendedora». Pero es una revolución imparable a corto plazo que, ya digo, acabará arrasando con lo que era usual hasta ahora en el ámbito de las relaciones laborales.
Creo que no puede posponerse mucho más un intento de cerrar un nuevo «pacto de La Moncloa» que constate una realidad, esta realidad, y trate de encauzarla hacia los intereses más favorables para los trabajadores.

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