Rafael Torres – El último conciertazo


MADRID, (OTR/PRESS)

A Fernando Argenta le extrañaba mucho, de chico, que sus compañeros de la escuela no conocieran a Beethoven. Allí debió empezar a desarrollarse en su interior el germen de sus «Clásicos populares», el programa de Radio Nacional que durante décadas se propuso, y consiguió, no sólo que la gente conociera a Beethoven, sino que disfrutara inmensamente de él. Y de Falla, y de Stravinsky, y de Bach, y de Albéniz… Pero anterior incluso a aquel germen hubo otro, más potente, más inevitable: su padre, Ataúlfo Argenta, el maravilloso director de orquesta sobrevivido de milagro a la Guerra, que fascinó tanto a los oídos más exigentes de Europa como a las jóvenes melómanas por la rotundidad masculina aunque algo mística de su rostro, a lo Jacques Brel. Con ese antecedente, y con el de su madre, la pianista Juanita Pallarés, Fernando Argenta no podía, en puridad, sino vivir como vivió y hacer lo que hizo. Hoy la música llora su muerte.
Durante cerca de diez años tuve la fortuna de tratar casi diariamente a Fernando Argenta: sus «Clásicos populares» se emitían desde el mismo estudio que el programa donde colaboraba uno. Al terminar sus «Clásicos», él salía y yo entraba, y aprovechábamos en la puerta los minutos del «parte» para charlar un poco. Dentro del estudio resonaba aún la música, pero, sobre todo, la risa preciosa de Araceli González Campa, su compañera en la emérita labor de difundir la música mediante el infalible procedimiento de instruir deleitando. Cuando le echaron de RNE en lo mejor de edad y cuando más necesario era, Fernando consiguió organizar en La 2 «El conciertazo», y ahí, durante unos pocos años, pudo seguir sirviendo al pueblo español en lo que más precisaba, suministrándole las dosis de cultura, refinamiento, deleite y belleza imprescindibles para la vida. Y se las suministraba a los niños, para que no se perdiera.
La última vez que le vi fue en Marbella hace un par de años, cuando, por libre y sin ayuda, perseveraba en llevar su Conciertazo, una versión más modesta, por los pueblos y las ciudades de España. A Fernando, que era un optimista y un entusiasta, le vi quemado, indignado por la incuria institucional que negaba a los españoles, como hoy más que nunca niega, el básico alimento de la música buena. Pero él sí que era bueno, como su padre, como su madre, y acaba de morir, como cuando le echaron de la radio, en lo mejor de la edad.

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