No te va a gustar – Hay quien habla de «confiscación»


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Puede que el Gobierno esté preparando para 2015, año electoral, una cierta bajada de impuestos. Ahora, no es precisamente el caso y, de manera más o menos notoria, la presión fiscal, para combatir el principal problema del Gobierno, el déficit, crece: hay que recaudar, es la consigna. Como crece, por ejemplo, paralelamente, la preocupación entre las asociaciones de usuarios, entre los fabricantes de automóviles y entre los automovilistas en general, a los que les llegan más multas que nunca. «Ahora hay menos vehículos y más denuncias; ¿acaso se conduce ahora peor que hace diez años?», se preguntaba un miembro de la Asociación Unificada de la Guardia Civil. «Claro que no: se recauda mejor», me comenta un amigo en la Benemérita, no sin una dosis de sarcasmo.
Solamente en el período comprendido entre el 1 de enero y el 14 de agosto de 2013, últimos datos conocidos, la DGT recaudó algo más de ciento tres millones de euros en concepto de multas, quizá algo menos globalmente que el año anterior, pero mucho más en porcentaje, considerando la disminución del tráfico, calculada en más del diez por ciento, en las carreteras españolas. Por su parte, los ayuntamientos también han decidido incrementar la «capacidad recaudatoria» de sus radares: así, la propia alcaldesa de Madrid anunció que el objetivo para 2014 es «poner 20.000 multas», casi el doble que las actuales.
El pretexto es, desde luego, incrementar la seguridad en el tráfico rodado. Pero lo cierto es que el fisco parece estar preocupado por el descenso en el número de automovilistas circulantes como consecuencia de la crisis y ha decidido, por tanto, incrementar la persecución económica a los conductores que sí están en las carreteras y en las calles de las ciudades. Un auténtico «plan de choque» contra los automovilistas. Y, así, aunque, en una respuesta parlamentaria, el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes señalaba, a preguntas del Grupo Socialista, que «no existe previsión de incrementar el número de radares en las carreteras», lo cierto es que parece que la «efectividad» de estos radares se ha incrementado en más de un veinte por ciento en este 2013.
El incremento en la cuantía de las multas resulta también, dicen asociaciones de defensa de los automovilistas, cuando menos notable. Como ejemplo, he recibido una notificación de multa por trescientos euros, con pérdida de dos puntos, por circular en vía urbana a 74 kilómetros por hora, cuando la velocidad máxima era de 50 kilómetros. «Una sanción claramente excesiva, desorbitada», comentó un funcionario de una de estas asociaciones. Añadió que últimamente sus asociados han comenzado a recibir una oleada de avisos, procedentes de diversas instituciones, pero básicamente de la DGT y de la Guardia Civil, urgiéndoles a poner al día sus impuestos por automóviles que, en la mayor parte de los casos, fueron vendidos hace años, por lo que en no pocas ocasiones no existen ya papeles que justifiquen el cambio de dueño del vehículo. Conozco algún caso de persona que ha puesto el asunto en manos de su abogado: puede que pronto tengamos algún titular periodístico al respecto.
El malestar ha llegado hasta el punto de que la DGT, con cuyo responsable de comunicación traté infructuosamente de contactar en días pasados para conocer detalles de este proyecto, ha tenido que lanzar un desmentido en las últimas horas, negando que este organismo baraje la posibilidad de establecer «nuevos exámenes de control de conocimientos entre los conductores». El plan, que, según diversos medios, sí llegó a barajarse por el Ministerio del Interior, consistía en someter a nuevos exámenes de conducir a quienes comprasen un coche nuevo o hubiesen cumplido una determinada edad (65 años). Los fabricantes amenazaron con poner el grito en el cielo y, aparentemente, tanto esta idea, como otras de similar perfil, se ha aplazado «sine die». Pero no será el último intento de exprimir las inagotables ubres de los automovilistas. Y, si es posible, también de los viandantes. Todos, al cabo, somos gente de a pie para la voracidad de un fisco recaudatorio que más valdría que primero pusiera orden en su propia casa.

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