Laberinto de pasiones – Isaías Lafuente


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Hace una semana Artur Mas desveló la doble pregunta que se hará a los catalanes en la consulta popular que pretende. En este tiempo los partidos han fijado posiciones. Nada nuevo, son las de antes, las de siempre. El gobierno y el partido que lo sustenta han recordado que el derecho de autodeterminación no existe y que la consulta, ilegal, no se realizará. El PSOE también se muestra contrario al referéndum, pero reclama política para encontrar salidas.
Así que, despejada la pregunta, la cuestión ahora es saber si encontraremos respuestas de aquí a un año. Parece muy difícil cuando quienes debaten enarbolan banderas igualmente legítimas: la del derecho y la de la ley. ¿Quién, en una democracia, puede despachar de un plumazo el derecho ciudadano a ser consultado? ¿Quién, en un estado de derecho, puede negar al gobierno la potestad -y el deber- de impedir una consulta que no contempla la ley?

Podría esgrimirse para rebatir ambos argumentos que el pueblo catalán hace tiempo que goza del derecho a decidir, entre otras cosas para elegir a quienes desde el gobierno autonómico hoy reclaman tal facultad como si no existiera; pero también conviene recordar que la ley es maleable, y si no que se lo pregunten a quienes juraron los Principios del Movimiento y fueron capaces de abrir resquicios legales para desmantelarlo en 1978. De hecho, algunos de quienes sostienen su inflexibilidad, defienden a la vez la muy flexible doctrina Parot. Quedaría la política. Pero si no ha sido capaz de desbrozar el camino que ha llevado a esta situación es difícil pensar que sirva para derribar los muros levantados, que cada vez son más altos.
Seguramente Rajoy y Mas en privado se pondrían fácilmente de acuerdo, pero sus respectivas guardias pretorianas les obligan a mantener la tensión: cualquier gesto de acercamiento se consideraría una debilidad. Se usa mucho la metáfora del choque de trenes para definir la situación, pero quizás sea más apropiada la de trenes que circulan acelerados en paralelo, con sus maquinistas esperando que el de al lado descarrile definitivamente. Ignoran los protagonistas una realidad que es tan cierta como el derecho y la ley: que el tren descarrilado también te puede llevar a ti por delante.

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