Siete días trepidantes – ¿Quiere el Gobierno perder las elecciones?


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Puedo prometer y prometo que un hombre importante en el organigrama del Partido Popular me ha dicho, amparándose en la promesa de mantener su anonimato, que «a veces, parece que este Gobierno quiere perder las elecciones». Puedo prometer y prometo que, a veces, da esa impresión. En un afán de gobernar para la parroquia propia más dura, el Ejecutivo parece empeñado en perder al resto de los parroquianos.
Desde lejos, a uno le parecería que hay ministros que, gracias a sus ocurrencias -que no ideas brillantes–, concretadas en legislar sobre lo que nadie pide que se legisle, priman lo pequeño para evitar entrar en lo grande. Y eso, si sigue así, claro que tendrá un reflejo en las urnas, por mucho que los socialistas, por su lado, se empecinen en no recuperar al menos una parte de los apoyos que han perdido a raudales.
No seré yo, desde luego, quien se proclame abortista. Pero me parece que, por poner un ejemplo, el Ejecutivo, de la mano del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ha hecho un enorme favor al Partido Socialista con la aprobación de la nueva regulación del aborto: ha permitido al PSOE, y a toda la oposición, incluyendo a algunos nacionalistas muy teóricamente devotos religiosos, lanzar a colectivos femeninos, que no solamente feministas, a la caza y captura de Ruiz Gallardón, en particular, y de todo el PP, en general.
¿Cuántos votos de mujeres airadas se van a perder con el cálculo hipotético de recuperar a unos cuantos partidarios que desertaron por la teórica «blandura» del Gobierno que preside Mariano Rajoy?¿Cuántas simpatías se perderán en las calles merced a la ley de seguridad de Jorge Fernández? ¿Cuántos docentes y discentes se han apartado del claustro «popular» por la manera como el ministro Wert ha presentado su reforma educativa?¿A cuántos habrá alejado de las playas «populares» la provocación constante del titular de Hacienda, Cristóbal Montoro?

Y, en otro orden de cosas, ¿seguro que era necesario abrir una guerra con las eléctricas desde el Ministerio de Industria?¿ de verdad había que acusar, desde el de Exteriores, a un comisario europeo, encima hincha del Athletic de Bilbao, de querer «cargarse» el futbol español?¿ era imprescindible cabrear a toda la inspección de Hacienda acusándola de connivencia socialista?

Me dicen que el equipo que comanda Rajoy quiere congraciarse con determinados colectivos profesionales, primando la posibilidad de, digamos, compatibilizar algunos puestos de élite en lo público -abogados del Estado, inspectores tributarios y de Trabajo, ciertos jueces_con una dedicación parcial a lo privado. Con lo que puede que los abogados del Estado se pongan muy contentos, pero que, al tiempo, otros estamentos, mucho más numerosos, se sientan agraviados comparativamente.
Ya lo he escrito en otras ocasiones: este Gobierno no sabe ser simpático. Lo logró, a posteriori, Suárez. Felipe González daba una de cal y otra de arena. Aznar se trabajó a fondo, y con justicia, la fama de ser odioso. Zapatero lo intentó -ser simpático, claro, no odioso– y se quedó en una blandenguería de ni fu ni fa. Pero, de todos ellos, Rajoy es el más distante.
Y, posiblemente, con todas las cualidades de independencia que hay que reconocer que le adornan, el actual inquilino de La Moncloa sea el peor asesorado en cuanto a métodos para ganarse el afecto ciudadano. No será, desde luego, con ministros como Báñez, Ruiz-Gallardón, Montoro, Wert o Mato como conquiste este afecto. Ni con algunos personajes sentados en la sede de Génova -que está, dicen, a punto de explotar, y no solamente por las razzias nocturnas ordenadas por el juez Ruz–, ni con algunos de su entorno monclovita, empeñados en alejarle del vulgo, es decir, de usted o de mí, se va a hacer Mariano Rajoy más querido.
Pero él, como buen patrono, no quiere despedir a nadie. Y así, con no tan recomendables compañías, enfila la segunda mitad de su Legislatura, que comienza con este 2014 en el que van a pasar tantas cosas, y, a este paso, no necesariamente buenas, especialmente para los intereses electorales del PP. Bueno, puede que, en efecto, quieran perder las elecciones, ahora que se acercan a pasos agigantados. A saber lo que pasa por alguna mente brumosa que yo me sé.

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