La semana política que empieza – La Pascua Militar y otros símbolos.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Ignoro, en los momentos en los que esto escribo, cómo será la parafernalia de la Pascua Militar este lunes, día de los Reyes Magos. Nuestro Rey, que no es mago, la encara con problemas físicos, con encuestas que reflejan el descenso en la aceptación de la Monarquía por parte de la población y, me parece, que, pese a todo, con el cariño de los españoles, considérense monárquicos, republicanos, accidentalistas o, como me parece que es el caso de la mayoría, indiferentes ante la forma del Estado. Ya he dicho muchas veces que me considero una especie de «monárquico crítico», que no juancarlista, y que, como dicen los sondeos, pienso que el Príncipe, si sabe resolver algún tema de imagen que es más familiar que personal, ha de ser un monarca que constituya la respuesta a muchas de nuestras preguntas, acaso la solución a algunos de nuestros problemas.
Porque problemas los hay, y muchos, cuando comienza ahora un nuevo curso político. Y no son solamente los económicos, con ser aún graves, los que nos atenazan. Todo está sobre la mesa: desde la «cuestión catalana», que sigue sin ofrecer ninguna luz al final de un túnel en el que puede producirse un choque de trenes del que alguien, muchos, saldrán, saldremos, lesionados, hasta la presencia internacional de España. Ahí está el «caso Sacyr», en el que la mala gestión de unos empresarios ha originado ni más ni menos que un problema de Estado con Panamá, que es un país interesantísimo para la economía española. No sé si la mera presencia de la ministra de Fomento, Ana Pastor, que es una buena ministra, va a contribuir a resolver el diferendo con una nación que ha puesto a su frente nada menos que al presidente, Martinelli, para garantizar que las obras de ampliación del Canal, que no son unas obras cualquiera, van a seguir en el tiempo previsto. Y con el presupuesto previsto.
Quiero decir que son estos, el de Cataluña o el de algún tropezón internacional, casos que requieren quizá que alguien «sopra tutti», por encima de todos, eche una mano, oficial u oficiosamente, para resolver conflictos que una mala gestión política, o empresarial, o de ambas conjuntamente, han creado. De la misma manera que cada día se echa más de menos una mayor actividad de la Jefatura del Estado a la hora de exigir -y mira que Don Juan Carlos lo ha hecho en cada uno de sus mensajes de Nochebuena- una mayor unidad de acción de los partidos ante las cuestiones más graves para la nación, una mayor generosidad a los sindicatos y a la patronal cuando se discuten cuestiones que afectan al equilibrio social, un mayor rigor y mejor laboriosidad a ciertas instituciones. ¿O es que queda alguien que no considere que hace falta una mayor velocidad para la acción política que la que le están imprimiendo los gobiernos y las oposiciones de turno?

Por eso, porque en cualquier momento, ahora que entramos ya en un año electoral y preelectoral, se pondrá de manifiesto nuevamente que aquí fallan los partidos, los sindicatos, las patronales, los más altos tribunales, las autonomías y hasta, si se me fuerza a decirlo, los municipios y la propia sociedad civil, pienso que es clave la figura de un Rey que no gobierne, de acuerdo, pero que reine. Que dé las señales de advertencia cuando algo va mal, o solo regular, y que indique que ese es el camino cuando van bien; ese es, me parece, junto con la representatividad, el trabajo de un Rey en una sociedad tan fluida como la española. En 2013, que era un año alejado de cualquier confrontación ante las urnas, se perdió la oportunidad de llegar a acuerdos entre Gobierno y oposición para afrontar grandes reformas, la constitucional entre ellas. Ahora, habrá que forzar «in extremis» tales acuerdos, porque son necesarios. Algún día, sospecho que el Rey tendrá que llamar a los líderes de los partidos a La Zarzuela y urgir las grandes decisiones, que poco tienen que ver con las pequeñas chapuzas legales que se nos proponen -incluyendo, por ejemplo, la propuesta sobre nueva regulación del aborto, o la nueva ley de seguridad- y que nos dividen.
Si algo tuviese que reprochar al Príncipe -si me atreviera a hacerlo; pero quién es uno, sino un mero ciudadano más, para esas cosas- sería que no estuviese más en la actualidad de los temas candentes: una pared invisible, no sé si cortesana o hecha de miedos a la acción, le sigue «protegiendo» de la ciudadanía. O quizá sea la propia estructura familiar en La Zarzuela. O quizá sea que el Rey, el buen Rey que este domingo cumplía 76 años -don Felipe cumplirá cuarenta y seis dentro de tres semanas, atención-, se siente demasiado presionado ante las voces que, nunca directamente, le sugieren una abdicación gradual, y entonces se obliga a sí mismo a cubrir todos los frentes, en aras de lo que él piensa que sigue siendo su obligación: ahora se anuncia que volverá, estaba empeñado en eso, a viajar al extranjero, aunque sea en vuelo corto a Portugal.
Pienso, en fin, que, en esta Pascua Militar algo devaluada, ante la figura del Rey doliente y solitario, al que le espera un año de angustias familiares/judiciales, ha llegado el momento de meditar en algo más que la simple coyuntura del hoy y aquí. No podemos perder nuevamente la oportunidad de que, en este 2014, en el que tantos momentos trascendentales para la Humanidad se conmemoran, España dé el gran paso adelante al que tiene derecho. Y que, además, tiene el deber de dar.

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