Fernando Jáuregui – Se equivoca usted, señor ministro


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Siempre pensé -algo tendrán en ello que ver mis ancestros- que existe como una voluntad de desentendimiento entre quienes se empeñan en mantener el «oficialismo» españolista y la «idiosincrasia» vasca, vamos a llamarlo así. Es un fenómeno peculiar que, no nos equivoquemos, creo que tiene poco que ver con lo que ocurre entre los catalanes y el resto de los españoles, si es que resulta posible generalizar, algo en todo caso siempre peligroso en cuestiones tan fluidas.
Puede que la actividad asesina de ETA durante medio siglo haya pervertido los datos del problema, pero temo que la cosa es más profunda. Que nadie se enfade conmigo, pero una sociedad que en parte acepta algunas parcelas de la doctrina de Sabino Arana como un dogma ha de analizarse con una lupa muy cuidadosa. Y, cuando en la otra parte, se deja primar a los sentimientos sobre la frialdad cerebral, el conjunto del panorama se agrava. Y lo digo de entrada: todo mi respeto y mi cariño para las víctimas. Pero no son las organizaciones de estas víctimas quienes deben o pueden dictar cómo han de proceder los gobiernos.
Hoy, pienso que los vascos tienen, como representación, a un Gobierno y a un máximo gobernante llenos de sentido común y de prudencia (compare usted, sin ir más lejos, con los tiempos luctuosos de Ibarretxe). Censurar, como he escuchado, que el lehendakari actual, Iñigo Urkullu, se manifiesta de ideas republicanas es lo mismo que pedir que los de Bildu se proclamen de afinidades democristianas, por poner ejemplos distintos y distantes. ¿Acaso alguien esperaba que el presidente del PNV fuese hoy un fervoroso monárquico? O, situándonos en otro plano, ¿era pensable que desde Ajuria Enea se aplaudiese una operación policial inexplicada como la que condujo este miércoles a las detenciones -de dos abogados, entre los restantes- de Bilbao?

Han faltado explicaciones desde Interior, para no hablar ya de los fallos a la hora de anunciar la redada. Y eso, claro, produce perplejidades en los sectores más sensibilizados de la sociedad vasca, que ansían avances, y avances se han producido, hacia una paz duradera. Pero avances sin excesivas imposiciones, porque, en el fondo, todos saben que ETA ha sido ya derrotada y que nada ha conseguido a cambio: ¿a qué viene proclamar, contra la evidencia, todo lo contrario?

Claro que apoyaré siempre las acciones para desmantelar los restos de terror en mi Euskadi. Cómo no. Pero, a continuación, he de decir lo mismo que se dijo desde Ajuria Enea: espero que operaciones como esta de «Jaque», queden bien explicadas. Elogiar la lucha antiterrorista sin más consideraciones no basta, y puede ser hasta contraproducente. Puede generar un «efecto boomerang», lo mismo que algunas actitudes absurdas a la hora de criticar a un juez por no impedir una reunión legal como la de Durango -los excarcelados de ETA no nos gustan a nadie, pero son portadores de derechos ciudadanos como los demás- o a un tribunal internacional, nada menos que el de Derechos Humanos, porque su sentencia contra la «doctrina Parot» nos resulta inconveniente. No podemos permitir que se generalice la sensación de que no se respetan los postulados de un Estado garantista de Derecho porque «no conviene» a los intereses de ese Estado.
Por eso titulo este comentario con un «Se equivoca usted, señor ministro», desde la humilde opinión de alguien que, como yo, no se adorna con más títulos que haber observado -y un poco, muy poco, sufrido- la pelea contra el terror durante los últimos cuarenta y cuatro años. Jorge Fernández, el titular de Interior, puede creer que solamente con el palo, sin zanahoria ni flexibilidad, se acabará con el problema -y, además, se ganarán votos «por la derecha»-. Pero lo cierto es que el problema ya está acabado hace tiempo: el terrorismo ha dejado de figurar, dice el CIS, entre las preocupaciones de los españoles. Y hasta aseguran que un próximo comunicado de la banda del terror y del horror certificará, de alguna manera, esta defunción, a la que habremos contribuido, señor ministro, todos, incluso quienes, como yo, no compartimos algunas de sus estrategias, qué le vamos a hacer. Al menos, ya digo, mientras no me las expliquen mejor.

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