Francisco Muro de Iscar – Desigualdad creciente


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Lo peor que nos puede pasar es estar avanzando, o retrocediendo, sin saber a dónde vamos ni para qué. Nuestra sociedad está cambiando a veces imperceptiblemente, otras no tanto y nos está llevando a otro destino que ignoramos y que no discutimos. La crisis y los políticos están desmantelando el Estado del Bienestar sin que haya un debate serio y riguroso de cuáles son los bienes o servicios de los que podemos prescindir, cuáles son las líneas rojas que no estamos dispuestos a pasar y qué estamos dispuestos a pagar o a hacer para conservar una sociedad que vive mejor que nunca en la historia, pero cuyas desigualdades crecen cada día.
Durante décadas, las clases medias habían conquistado un territorio de estabilidad que permitió a muchas familias enviar a sus hijos a la Universidad, tener una segunda residencia, un segundo coche, poder tomarse unas copas o poder viajar. Era la clase «fuerte» que, en los últimos años, ha sostenido el comercio y, además, a los familiares que han perdido su empleo. ¿Dónde está hoy esa clase media? Sobrevive bajo amenazas. Sobre ella recaen las cargas impositivas principales de un Estado que deja que las grandes fortunas y las grandes empresas camuflen sus beneficios y sus ingresos y sobre sus espaldas pesan también los recortes en sanidad -además del copago-, en educación -con la reducción de las becas o las ayudas y la elevación de las matrículas-, en el empleo -con ofertas salariales dignas de período de esclavitud-, o en la justicia -con unas tasas que impiden el acceso a la justicia para los que ganan poco más de mil euros y no son ricos por parte de papá o de mamá-.
Hay unos ricos cada vez más ricos -la desigualdad en el reparto de las rentas ha crecido con todos los gobiernos, incluidos los socialistas- que no tienen problemas de ningún tipo, con un sector del lujo que cada vez es más fuerte y que apenas ha notado la crisis. Hay unos pobres, cada vez más pobres, incluso familias completas sin empleo y sin recursos, que con excepciones tienen los servicios básicos cubiertos pero casi ninguna expectativa de salir de una situación de pobreza extrema y, por supuesto, de encontrar trabajo. Y hay también una gran masa social, una inmensa clase social media-baja que ha perdido poder de compra, que no puede ahorrar, que no tiene seguridad laboral y que tiene que pagar más si quiere atenciones básicas.
Esas desigualdades crecientes son un grave problema para la democracia y deberían hacer pensar a los políticos que la única manera de sobrevivir es alejarse de la corrupción y dar una respuesta coherente a las necesidades sociales. Es posible que los mercados acaben sacándonos de «esta» crisis, pero la ausencia de debate y de valores éticos en todos los planteamientos políticos promete que la crisis social va a durar mucho más y que la desigualdad seguirá creciendo.

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