El Abanico – El «paseillo» de la Infanta Cristina


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

El espectáculo que está dando el fiscal Pedro Horrach en un intento desesperado por evitar que la Infanta Cristina comparezca como imputada en los juzgados de Palma, es lamentable. No sólo porque abre una brecha en un caso ya de por sí bastante politizado, sino porque al tachar de «teorías conspirativas» el auto del juez Castro, lo único que consigue es que si alguien tenía alguna duda de que desde las más altas instancias se había tratado de evitar que la hija del Rey declarase, éstas se acentúen, con el desprestigio que esto supone para la Corona.
Otra cosa es que se hagan gestiones para evitar que la Infanta tenga que hacer el «paseillo» ante cientos de cámaras y de ciudadanos, dispuestos a lo que sea con tal de tener su momento de gloria ante las cámaras de televisión, o de dar rienda suelta a tanta frustración acumulada por años de corrupción, de insensibilidad de los representantes públicos ante los problemas que aquejan a tantas y tantas familias, que ven como unos cuantos se lo han llevado crudo, mientras la mayoría sufre los rigores de la peor crisis económica de los últimos setenta años.
Dicho esto, si me parece importante señalar que no me parece ni oportuno ni obligatorio que la Infanta Cristina tenga que ir andando, a la vista de todo el mundo, desde que abandona el coche hasta que llega a las puertas del juzgado. Y no me parece bien, ni en este caso ni en ninguno otro caso, por lo que supone de escarnio público. De condena añadida que sólo unos pocos tienen que cumplir por ser quienes son, lo que les pone en una difícil situación de desigualdad respecto a otros implicados que pueden haber cometido delitos mayores pero que como no les conoce nadie pasan desapercibidos para el gran público.
Que la Infanta tenga que declarar por las acusaciones del Juez Castro, demuestra la madurez de nuestra democracia, y que todos somos iguales ante la Ley. Algo de lo que debemos sentirnos muy orgullosos, ya que si hace veinte años nos llegan a decir que un yerno y una hija de Rey iban a vérselas con la justicia, no hubiéramos dado crédito a la noticia, hubiéramos pensado que se trataba de una broma de mal gusto.
Hoy no, hoy sabemos que el poder de la gente, de los ciudadanos que religiosamente pagan sus impuestos, está empezando a derribar muros que los poderosos habían levantado para evitar precisamente eso, que se vieran sometidos a los rigores de la justicia y la Ley. Lo que no deja de ser un paso importante si queremos evitar que los servidores públicos, los empresarios, grandes o pequeños, los políticos, o los sindicalistas, se lo piensen muy mucho antes de cometer un delito.

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