Fernando Jáuregui – Gamonaladas


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Quizá, porque a la fuerza ahorcan, se estén apagando los ecos de la «revuelta de Gamonal» una vez que el alcalde de Burgos ha decidido parar (temporalmente) las obras que levantaron a los vecinos. Y también que concitaron la presencia de alborotadores profesionales y trashumantes, de creer lo que va diciendo el secretario de Estado de Seguridad. No he comprobado la filiación de los manifestantes -algunos, ciertamente, iban disfrazados de intifada. O de kale borroka-, aunque, por la lista de los detenidos, más me parecen burgaleses nativos que «indignados» visitantes. Pero cierto es que no han faltado quienes han aprovechado la indignación vecinal en Gamonal para exportar la protesta hasta, por ejemplo, Madrid, concretamente a las puertas de la sede del Partido Popular. Donde hubo enfrentamientos con una policía que cada vez actúa, es la verdad, de manera más contundente ante cualquier cosa que huela a resurrección del 15-m.
Digo que Gamonal no es solamente Gamonal, porque empieza a haber demasiados gamonales. Al fin y al cabo, la necesidad que el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ha sentido de olvidar sus palabras en el sentido de que el proyecto de reforma del aborto no se alteraría a su paso por la tramitación parlamentaria, es también una «gamonalada». La presión de muchas voces, incluyendo las de su propio partido, ha forzado a Gallardón, y a su superior jerárquico, a admitir que sí, que habrá modificaciones sobre el proyecto que alumbró el Ministerio tan a destiempo y con resultados tan nefastos para sus inspiradores.
Y es que uno, que lo que está deseando es que su Gobierno, por el bien de todos, acierte, empieza a pensar que no son equivocaciones coyunturales lo que está haciendo saltar alarmas puntuales en Educación, en Sanidad, entre los togados, en un barrio burgalés, entre los desahuciados… Me parece que se está dando forma a un error global, consistente en arreglar las cosas más con una legislación restrictiva de las manifestaciones callejeras, como el proyecto que alumbra el ministro de Interior, que dialogando para evitar esas manifestaciones.
He recibido muchos mensajes en Twitter que dicen que, a la vista de Gamonal, solo incendiando contenedores parece que se solucionan las reivindicaciones. Les contesto, por supuesto, que incendiar contenedores o lanzar tornillos con tirachinas -no hablemos ya de los cocteles Molotov- no hace sino empeorar las cosas. A todos les digo que, en efecto, lo que hace falta es una nueva concepción de la manera de gobernar a los españoles, no a través de pantallas de plasma, ni con silencios, ni encerrándose los representantes en sus despachos y dejando fuera a los representados, ni enclaustrándose en sesiones toledanas dando con la puerta en las narices a los chicos de la prensa, ni…
Porque lo de Gamonal no es apenas una protesta por la construcción de un bulevar. Ni siquiera es un grito contra un urbanismo desenfrenado. Es una reacción contra determinadas maneras poco participativas de ejercer el poder. Puede que todo lo quieran hacer para el pueblo, pero, en el siglo en el que estamos, hay que hacerlo con el pueblo. Lo demás, ya digo, son gamonaladas, que ya ven dónde terminan.

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