Fernando Jáuregui – Algo está cambiando… para que todo siga igual


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Veo surgir pequeños proyectos de partidos a derecha e izquierda. Al mismo tiempo, veo el importante descenso de los dos partidos nacionales mayoritarios en los sondeos de intención de voto. Hay quien concluye que el bipartidismo está acabando y que será sustituido por un mosaico de formaciones más pequeñas, nacionalistas e incluso algún partido «gamberro» como algunos que existen en Europa («partido de los piratas», por ejemplo). De hecho, ya han comenzado a surgir nuevos proyectos partidarios, como el Vox, que procede de descontentos del Partido Popular, o la Iniciativa Socialista de Izquierdas, que pretende situarse entre el PSOE e Izquierda Unida. Siento decirlo, pero veo poco futuro en ambos intentos. Y tampoco veo muerto el bipartidismo, aunque tan vez sí «este» bipartidismo.
La situación que estamos viviendo me recuerda cada vez más a la que ya experimentamos entre 1976 y 1977, cuando, saliendo de la dictadura franquista, empezó a forjarse el mosaico partidario. Para quienes no vivieron aquellos años, recordaré que surgieron como por ensalmo multitud de pequeñas formaciones, que acabarían, al final, aglutinándose en cuatro grandes opciones: Alianza Popular, por la derecha, que obtuvo unos resultados, en las elecciones constituyentes de 1977, muy por debajo de lo que Manuel Fraga esperaba; Unión de Centro Democrático, aglutinada por Adolfo Suárez a partir de un plantel de micropartidos democristianos, liberales y hasta algún sedicente socialdemócrata; el PSOE, renacido de sus cenizas y tras aglutinar al PSP de Tierno, a los «históricos» de Rodolfo Llopis y a algunos grupúsculos socialistas regionales; y el Partido Comunista de España, de Santiago Carrillo, que logró bastantes menos escaños de lo que creían quienes le atribuían un poder subterráneo muy superior al que realmente tenía.
Si lo analizamos con cuidado, veremos que hoy el PP representaría una especie derecha con adherencias de centro, UPyD una suerte de centro «personalista» con reminiscencias peculiares, el PSOE sería la izquierda con vetas igualmente centristas, e Izquierda Unida, que representa una izquierda «pura», pero no muy radicalizada, semejante a la del «eurocomunista» PCE carrillista. Siento decirlo, pero me parece mucho más probable una alianza pre o poselectoral entre algunas de estas fuerzas en presencia, por mucho que ahora nieguen cualquier atisbo de pacto, que un trasvase de votos a formaciones recientes o periféricas, y ello pese al evidente desprestigio que los partidos «tradicionales» acumulan entre el electorado.
Lo que sucederá, a mi entender, es que, ante la proximidad de las elecciones, tanto el PP como el PSOE tendrán que modificar sensiblemente sus comportamientos; no acierto a explicarme cómo es posible que aún no hayan entendido que no podrán, en el futuro inmediato, seguir comportándose como hasta ahora han venido haciéndolo. Y, en este mismo plano, me parece lo más probable que UPyD abandone su vocación de «llanero solitario» y, en busca de mayores cuotas de poder, se aproxime a otras formaciones más o menos en alza, como Ciutadans, de Albert Rivera. En cuanto a IU, que engloba en su seno varios partidos, grupos y tendencias, tratará de aglutinar el movimiento indignado -no ha podido hacerlo hasta ahora, y la verdad es que el «espíritu del 15-m» se ha disuelto algo- y algo de los ecologistas, con lo que estimo lo más probable que la coalición que preside Cayo Lara eleve algo el tono de su mensaje.
Sospecho que este, junto con lo que puedan hacer y decir los partidos nacionalistas -imposible predecir en qué quedará la cosa en Cataluña, pero, desde luego, nunca como ahora está- va a ser el panorama ya ante las próximas elecciones europeas, y no digamos ya ante la confrontación electoral que se nos viene el año próximo. No me parece que sea cuestión de regenerar la vida política a base de la aparición de nuevos partidos, muchas veces desgajados de los actuales; la regeneración debe partir de los propios partidos actuales, que deben constituir un ejemplo para la conducta de los ciudadanos, en lugar de ser, como tantas veces son, piedra de escándalo. ¿Para cuándo una nueva ley de partidos, consensuada y aprobada por trámite de urgencia, más bien, de emergencia? ¿Para cuándo una auténtica renovación de rostros -y de ideas- al frente de los partidos actuales?

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