Siete días trepidantes – El peso (escaso) de la calle.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Ahora, la gran polémica nacional consiste en saber si ha sido la presión de la calle sobre Lacalle, alcalde de Burgos, la que ha paralizado las obras de Gamonal, o si agentes externos, profesionales de la agitación y contrarios al sistema, han sido los que han incendiado la protesta vecinal, como sugiere el secretario de Estado de Seguridad, entre otros. En definitiva, lo importante es saber si ha sido la presión ciudadana, la de las asociaciones de vecinos, lo que ha forzado al cambio de opinión, en cuestión de tres horas, del edil municipal, o si ha sido el temor a estallidos de violencia, que se han registrado de manera muy minoritaria, esta es la verdad, en ciudades muy ajenas al barrio burgalés del Gamonal (en Madrid, en Barcelona, en Zaragoza), lo que indujo a Lacalle a detener definitivamente lo que era una suspensión solo temporal. La cuestión, derivada de unas simples obras municipales, tiene su importancia: estamos hablando del peso de la voluntad ciudadana en un país en el que este peso ha sido siempre muy escaso. Estamos hablando, en definitiva, de la gran cuestión planteada hoy en España, por encima de crisis económicas, de corrupciones institucionales, de problemas coyunturales, incluso de angustias laborales: hay que gobernar a los españoles de otra manera.
Confieso que esperaba escuchar algo así a Alfredo Pérez Rubalcaba cuando, este sábado, anunciaba ante su comité federal que las primarias internas en el PSOE significarán un antes y un después en la manera de entender la política en este país nuestro. Pero Rubalcaba, no sé si porque está llegando, extenuado, al final del camino que se ha trazado, no completó el razonamiento. Hay que reformar muchas más costumbres ancestrales que el horror a la dimisión (lo que no hizo, y debería haber hecho, Lacalle), los silencios oficiales (¿dónde han estado el presidente de Castilla y León y el ministro del Interior, por ejemplo, en esta grave crisis callejera?), las inercias (no se ha escuchado la voz de la oposición condenando la violencia ni proponiendo soluciones alternativas) o el rechazo a someterse al escrutinio de los propios (todos los partidos deberían hacer, obligatoriamente, primarias). Hay que cambiar radicalmente el concepto del servicio al ciudadano, al hombre, con perdón, de la calle. Hay que empezar a acostumbrarse a ejercer el poder de otra manera, sabiendo que nadie puede perpetuarse en él.
Y es que esta semana han ocurrido muchas cosas que me reafirman en esta petición, que, claro, no es solo mía, de que hay que cambiar la mentalidad con la que se nos representa y se nos gobierna. Por ejemplo, los desplantes de Rajoy a los periodistas en Estados Unidos, donde, desde luego, tuvo una gira afortunada, aunque no lograse de Obama un rechazo público al proceso independentista catalán (tampoco Durao Barroso lo hizo en su breve visita a España). O el no retractarse de manera suficiente a la hora de crear problemas, como impulsar ahora una reforma del aborto que nadie ha pedido y una subida de las cotizaciones empresariales que nadie quiere; ambos pueden ser otros ejemplos de esa «gobernación antipática» que causa el desapego ciudadano hacia sus gobernantes. Y ese desapego, por decir lo menos, es palpable por mucho que empiecen a surgir brotes más o menos verduzcos en la macroeconomía, que es algo que la gente corriente no acaba de notar en sus bolsillos.
Si me permite, querido lector, una confidencia, la verdad es que estoy un poco harto de la falta de coraje político. Y no hablo solamente del Gobierno, que también. Pero no solo. Porque ¿qué es eso de un «pacto de silencio» reclamado por el «número tres» del PSOE, Oscar López, para impedir que quien quiera anunciar que se presentará a las primarias socialistas lo haga ya, cómo y cuando le parezca oportuno? O ¿por qué hemos de aguardar a que el señor Pérez Rubalcaba administre sus tiempos antes de anunciarnos si va o no -que yo siempre he creído que no_a presentarse a esas primarias? Como ciudadano, como elector, incluso, si me apura, como periodista, tengo derecho a saberlo, en lugar de tener que andar mareando perdices que no me apetece, ni debo, marear. Y eso que admito que el proceso de elecciones internas abierto en el PSOE es un ejemplo a seguir por otras formaciones.
Pues eso: que seguimos con el «ellos», que administran sus tiempos, sus palabras y sus estrategias a su conveniencia electoral, y el «nosotros», que contemplamos sus estrategias, cada vez más alejados de ellas. Así llegamos a que, en el fondo, la protesta de la calle por un bulevar burgalés se convierte en una espita de salida para el hartazgo nacional, esté o no conducido por los «indignados» esos a los que algunos, válgame Dios, quieren emparentar con los terroristas de ETA. Y es que nunca se protesta a gusto de todos. País…

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