Fernando Jáuregui – (Casi) todos los nombres en el partido que nos gobierna


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Hace un par de años, cuando la gran victoria electoral del 20-N 2011, el Partido Popular afirmaba contar con setecientos mil militantes. Creo que ahora, cuando celebra una convención nacional en momentos tan importantes para la vida política nacional, puede haber perdido unos doscientos mil.
Hay decepción en el electorado, y eso se traduce en el abandono de afiliados en los dos grandes partidos nacionales y en la creación, al tiempo, de pequeñas formaciones que se reclaman de mayor pureza ideológica, pero que, la verdad, tampoco han aportado hasta ahora -y lo digo, sí, por esa Vox animada por Vidal-Quadras y compañía- grandes novedades al debate político nacional de fondo.
O sea, que hoy todos miran, miramos, a Mariano Rajoy, gran hacedor y desfacedor de famas y fortunas en el propio campo político, en el económico, en el cultural, en el judicial y, como hemos visto, hasta en el periodístico. Todos pendientes de lo que Rajoy diga ante sus delegados en la convención vallisoletana el domingo. ¿Hablará de cambios para afrontar la situación catalana? ¿De pactos con los socialistas? ¿De nombres de futuro en el PP, que lleva casi un cuarto de siglo de andadura desde su refundación por ese José María Aznar que ya ha mostrado su escaso afecto al hombre a quien él mismo designó como sucesor? ¿De reformas legislativas? Temo que poco de eso. Lo que nos dicen es que Rajoy ha hecho suya la frase del asesor de Clinton, «es la economía, estúpido», y va a hablar de eso: de economía, economía, economía, aprovechando que los datos son (relativamente) buenos, que los bancos ganan dinero y que Emilio Botín anuncia vientos de recuperación, y él sabe bien lo que dice y por qué lo dice.
Pero ya no basta con hablar meramente de macroeconomía a un país con los bolsillos un cuarenta por ciento más vacíos que hace un lustro y en el que los parados se siguen contando por millones, mientras que los empleos que se crean son de mucha menor calidad que los de antaño. Hay que hablar de Política con mayúscula, de cambios legislativos, de saltos hacia adelante, de otra forma de gobernar, que todo ello afecta también a la economía. Y eso tiene que ver, claro, con el gran debate nominalista que agita las entrañas del PP, que busca nuevas caras, posibles sucesores para el mañana (Núñez Feijóo, Soraya Sáenz de Santamaría), hipotéticos culpables para explicar lo que ayer y hoy está saliendo mal (caso Gürtel, caso Bárcenas).
Rajoy no quiere hacerlo, le da horror hacerlo, pero tiene que afrontar relevos en su Gobierno (Gallardón, Wert, Mato, Montoro, están en cuestión, mientras que algunos experimentan posibles cambios ascendentes, como Miguel Arias o Luis de Guindos, que «suenen» para cargos europeos, lo mismo que el titular de Exteriores, García Margallo). Y también cambios en el partido (María Dolores de Cospedal tendrá que elegir entre Génova y Toledo en la campaña electoral autonómica, Javier Arenas está enormemente desgastado por el pasado y, por el contrario, otros, como Esteban González Pons, también vicesecretario, piden a gritos un mayor papel político en el partido).
Seguramente nada de esto se dirá ante los micrófonos de la convención, ni los portavoces de turno, como la propia Dolores de Cospedal o Carlos Floriano, dirán nada de esto, pero no se hablará de otra cosa en los pasillos. Como siempre ocurre en este tipo de actos. Habrá muchas especulaciones sobre quiénes serán los candidatos a la presidencia de la Comunidad y a la alcaldía de Madrid, porque, desde luego, al menos el actual presidente de la CAM, Ignacio González, no puede seguir siéndolo. Y sobre quiénes serán los candidatos en otras comunidades: Andalucía sobre todo, donde, increíblemente, no parece encontrarse otra figura «candidatable» que la de la ministra Fátima Báñez, que no siempre ha acertado en su trayectoria al frente del departamento de Empleo ni tiene las condiciones adecuadas como cabecera de un cartel tan difícil frente al empuje de la socialista Susana Díaz. Pero también en Castilla y León, cuyo presidente ha dicho, lo mismo que el de Murcia, que no quiere continuar. O Cataluña, donde, aunque Rajoy lo niegue, Alicia Sánchez Camacho ha decepcionado profundamente. Lo contrario que los dirigentes del PP vasco, Arantxa Quiroga o Iñaki Oyarzábal, que mantienen un perfil «centrista europeo» en el partido, al margen de cuestiones de confesionalidad, que no deben constituir un elemento de debate interno ni externo. Un perfil centrista que poco tiene que ver con algunos injustos excesos verbales de la por otro lado admirable, pero ya casi olvidada, María San Gil, o con diagnósticos profundamente equivocados de algunos miembros de organizaciones de víctimas del terrorismo y periodistas que se dicen afectos al PP, pero que perjudican no poco a la imagen moderada del partido.
Todo ello tiene mucha más importancia que el nacimiento de esa Vox a la que algunos quieren dar más alas de las que en realidad tiene. O que si Jaime Mayor Oreja acabará yendo (o no) de embajador al Vaticano para darle una salida honrosa. Incluso, más importancia que el nombre, sea o no Arias Cañete, de quien encabezará la candidatura europea. Y, desde luego, muchísima más importancia que si Aznar asiste o no a una convención a la que debería, por razón de cargo y de historia, acudir. Pero ya se sabe que Aznar incumple sistemáticamente sus deberes como presidente de honor del PP y como ex presidente del Gobierno del Reino de España.
A mí, lo que de verdad me parece interesante es ver si una convención, que se celebra cuando los españoles reclaman cambios en las señas de identidad de la patria, admite algunas buenas ideas como las que plantean, cada cual desde su ángulo -y ¿por qué no iban a caber tendencias o alas en el PP?-, gentes como Esperanza Aguirre o el extremeño José Antonio Monago, que aportan sugerencias concretas para un cambio en el estilo de gobernar a los ciudadanos y con los ciudadanos.
Y, por supuesto, lo verdaderamente decisivo para el futuro del partido que nos gobierna, quien sabe si aún con mayoría absoluta (las encuestas dicen que, desde luego, ya no), es saber hasta qué punto ese Mariano Rajoy que contempla desde el puente de mando todas las tormentas internas y externas está dispuesto a mojarse en un programa verdaderamente regenerador más que reformista, como pidió el Rey en su último mensaje navideño a los españoles.
A mí, personalmente, reconozco que este presidente, cuyo acierto, por supuesto, deseo, me decepcionó cuando habló hace menos de dos semanas en Barcelona sin detallar proyecto alguno para solucionar ese gravísimo contencioso territorial abierto por un Artur Mas al que no sabe cómo contener. Tiene ahora, lo escribí hace no mucho, la oportunidad de quemase siendo un nuevo Adolfo Suárez, porque estamos ante una segunda transición. O puede, claro está, optar por intentar ser simplemente reelegido como la Real Sociedad frente a mi querido Racing: por incomparecencia del contrario. ¿Es eso lo que nos merecemos los espectadores, digo los ciudadanos?

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