Rafael Martínez-Simancas – Día del cáncer


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Soy persona y tengo cáncer, quiero decir que hago mi vida y me toca acudir de vez en cuando a tratamiento. En mi caso es un linfoma, en mi caso son dos años y medio de pelea. En realidad hablo de «mi caso» cuando quiero decir la batalla de todos porque si algo tiene el cáncer es que implica a la sociedad empezando por enfermos y familiares. Pensando en ellos escribí un libro para ayudar a quienes pasen por este singular trance que asusta sólo con nombrarlo. Al cáncer se le debe tratar con respeto, claro, pero también hay que restarle un exceso de solemnidad que puede confundirse con algo más allá del rigor, (el rigor mortis).
El cáncer no se contagia así que todo el cariño y el calor que le puedas dar a un amigo lo agradecerá, acércate a él y cuando le veas mal porque está cansado, o porque ha dormido poco, o porque ha perdido peso, no le mires con cara de lástima porque los enfermos de cáncer lo último que queremos es dar pena. Recuerda que las palabras hieren o ayudan, por lo tanto no seas frívolo y trata de ayudar. El cáncer para un enfermo no es un paréntesis en su vida, es una manera de vivir, de luchar, una batalla de superación clínica y personal que le marcará el resto de sus días.
Un día al año, el 4 de febrero, se celebra el Día Contra el Cáncer pero contra el cáncer son todos los días. Para un investigador no hay fines de semana y para un médico tampoco hay horario de salida, yo he visto consultas de Hematología en el Hospital de «La Paz» con turnos doblados y triplicados, de tal manera que el doctor Canales no es raro que termine de ver enfermos a las cuatro y media de la tarde, (cuando comenzó a las ocho de la mañana).
Disculpen que les cuente que a veces el agua sabe a metal, que terminas teniendo manía a tu colonia, y también que a veces tienes parestesias en las manos y en los pies. Todo eso se debe al efecto perverso de la quimioterapia que baja por un gotero que puede tener un poco agradable color naranja, es cuando aparecen las náuseas y en tu boca se instala un sabor extraño. Ese es otro de los peajes que tenemos los «quimioterapiados». Pero benditos efectos secundarios si consiguen curar la enfermedad.
Si les cuento «lo mío» es porque considero que puede ser también lo nuestro y que esta enfermedad que impresiona solo con nombrarla hay que mirarla de frente para encontrar la salida. Según los últimos datos la esperanza de supervivencia al cáncer ha aumentado. Con mi cariño a mis compañeros «quimioterapiados» decirles que hay que luchar porque todo túnel al final tiene una salida.

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