Fernando Jáuregui – El Gran Circo


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Decía Furio Colombo que el espectáculo es poco compatible con el verdadero periodismo. Lo mismo me parece, con matices, respecto de la Justicia y hasta de la verdadera cultura. El espectáculo es necesario, como bien saben los políticos, porque con pan y circo, más con lo segundo que con lo primero, se anda el camino… del contento ciudadano. Lo malo es cuando el pan escasea y el espectáculo se vuelve contra el poderoso, y eso último es lo que ocurre este sábado, cuando la Infanta Cristina inicie -o no…- el «paseíllo» hacia los juzgados de Palma. O hubiese ocurrido si el ministro de Educación, de Cultura -y del Cine-, José Ignacio Wert, no hubiese decidido -con muy buen acuerdo, en mi opinión- inventarse un mal pretexto para no acudir a la gala de los premios Goya.
A mi entender, que el espectáculo se vaya apoderando de todas las facetas de la vida nacional no es bueno. Y que, para dialogar con Artur Mas desde posiciones digamos «constitucionalistas», haga falta montar un programa de televisión al que asiste el presidente de la Generalitat con un ex presidente del Gobierno central, puede ser algo positivo para la cadena televisiva y para el solaz de los telespectadores, pero es nocivo para una solución correcta de eso que está dando en llamarse «el problema catalán». Donde, como en todas las cuestiones graves, se requiere del sosiego, del diálogo demorado y de la reflexión que no proporcionan los mensaje urgentes que se/nos envían los políticos por las redes sociales, que eso tampoco deja de ser mero artificio espectacular.
Y, así, la que se ha montado en torno a esos cuarenta metros que separan la portezuela protectora del coche de la entrada a los juzgados mallorquines, no tiene perdón. Imagino al populacho -perdón por el palabro, que no quisiera que resultase excesivamente peyorativo- vociferando e insultando a la infanta, deseoso de imponer, al margen de cualquier magistrado, la medieval pena infamante sobre la hija del Rey y, la verdad, se me abren las carnes. Castíguese a la ciudadano Cristina de Borbón con las penas a las que se haya hecho acreedora, pero, antes, respetemos su presunción de inocencia, como debe hacerse con el resto de la ciudadanía que se halla en el trance de tener que declarar ante un juez.
Yo suprimiría paseíllos, cámaras grabando la entrada de futuros procesados -o no- en los tribunales, espectadores gritones e hirientes y todo aquello, incluyendo ataques gratuitos a magistrados que no deciden lo que nos gusta, que está pesando como penas suplementarias, no contempladas por Código Penal alguno, sobre la Justicia entendida al hispánico modo. Y para qué le voy a contar lo del alquiler de balcones con buen tiro de cámara para mejor grabar los pasos vacilantes del reo: espero que el ministro Montoro tome buena nota de esos ingresos suplementarios de los arrendadores de las balconadas.
Ya digo: lo del ministro Wert, lo mismo. A este paso, y dada la (im)popularidad del «farolillo rojo» del Ejecutivo en lo que a valoración popular se refiere, la gala de los Goya amenazaba con convertirse, vista la trayectoria de estos, por otra parte, magníficos actos, en una suerte de lapidación del titular de Educación, Cultura, Arte y, claro, cine. Me parece bien que el mundo del séptimo arte se pronuncie con tonos críticos: es su derecho y hasta, si usted quiere, su deber. Pero, si yo hubiese sido el ministro, también me hubiese inventado un pretexto patentemente inverosímil para no estar allí este domingo por la noche a la hora de recibir las pedradas. El cine es espectáculo, pero del otro lado de la pantalla.
Así que el circo se va apoderando de nuestras vidas, en las que proliferan los payasos, los domadores de gatos, los trapecistas y, cada vez más, las charlotadas. Un día de estos hablamos de Artur Mas, por ejemplo. Suma y sigue.

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