Francisco Muro de Iscar – Algunos jueces incorruptibles.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Decía Bertolt Brecht que «muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia». Esta terrible sentencia sobre el estamento judicial y su poder casi sobrehumano no es, afortunadamente, una realidad en la España de hoy. Aunque la opinión sobre la Justicia de los ciudadanos españoles -y de sus principales actores, incluidos los propios jueces- es muy negativa, casi todos los que así opinan, creen que los jueces españoles están bien formados y son realmente independientes. Los jueces se equivocan, como todos, producen algunas sentencias incoherentes o mal fundadas, pero, en términos generales, tienen una elevada preparación profesional, resisten los embates de los poderes políticos o económicos y actúan conforme a la ley. No tengo datos suficientes para saber con alguna certeza si el juez Castro está empecinado en acusar a la infanta Cristina de uno o varios delitos. De momento creo que está instruyendo el proceso con la libertad e independencia que su función le otorga y tal vez tratando de que nadie le acuse nunca de haber dejado de practicar una prueba que pudiera ser necesaria. Jueces como Ruz, Alaya, Andreu, Pedraz, Vazquez Taín y otros muchos están ejerciendo su tarea de buscar la verdad judicial por encima de las presiones, en algunos casos terribles, de distintos poderes y soportando una presión mediática de altísima magnitud. Y lo hacen sabiendo que si se equivocan, pueden tirar por la borda su carrera como lo han hecho otros jueces que, por infringir la ley, han sido condenados y apartados de la carrera como es el caso de Baltasar Garzón, como puede serlo el de Elpidio Silva, y como lo ha sido el de otros. Están absolutamente vigilados y cualquier error puede acabar con su carrera. Hace unos meses la asociación de periodistas jurídicos ACIJUR daba su Premio Puñetas de Oro a los Jueces de Instrucción por considerar que son ellos, casi exclusivamente ellos, los que con una aplicación de la ley sin distinciones políticas o personales y sufriendo una enorme presión exterior están haciendo que los corruptos sepan que van a ser juzgados. Son pocos, no están bien pagados y carecen de los mínimos medios personales y materiales para hacer bien su trabajo. Lo suplen con su esfuerzo.
Decía Piero Calamandrei en su libro «Elogio de los jueces escrito por un abogado» que los abogados están hechos para ser parciales pero el juez debe ser «imparcial porque es uno por encima de los contendientes». Creo que, en términos generales, lo están siendo en estos juicios contra corrupción en la España de hoy. El debate sobre la imparcialidad y la independencia de los jueces es casi eterno. Sócrates señalaba ya las cuatro características de los jueces: «escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente». Si algún día el Legislativo nos dota de las leyes que necesitamos para que la transparencia acabe con la corrupción y los que infringen la ley acaban siendo juzgados, sean quienes sean, una buena parte de ese cambio se lo deberemos a algunos jueces verdaderamente incorruptibles. Y justos.

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