La semana política que empieza – La perversa selección de candidatos.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Hay que suponer que en los próximos días iremos conociendo con mayor seguridad el nombre de la persona designada por la dirección del Partido Popular para encabezar la candidatura autonómica andaluza, tras el rifirrafe interno entre la secretaria general, Dolores de Cospedal, y el vicesecretario y hasta ahora virrey «popular» en Andalucía, Javier Arenas.
Una escaramuza digna de los peores tiempos del inicio de los partidos, cuando los «elegidos» por el dedo del mandamás lo eran en conciliábulos secretos, componendas de poder y equilibrios intestinos, todo ello bien lejos de la luz y la transparencia debida a los militantes, a los propios electores y a los ciudadanos en general. Pero no me gustaría señalar solamente al PP, aunque en este caso sí principalmente a la formación que nos gobierna, porque los métodos antidemocráticos se extienden a casi todas las formaciones. Y aquí estamos, a poco más de tres meses de las elecciones europeas, sin saber quiénes encabezarán la lista de los dos principales partidos nacionales… ¿Porque la cosa está en período de consulta con las llamadas «bases», y eso provoca la tardanza? Claro que no: aquí, esas «bases» no tienen nada que hacer ni que decir. Todo se reduce a pugnas entre los grupitos que buscan alzarse sobre los competidores internos y colocar a «su» hombre, o mujer, en la recta de salida.
Cierto es que, al menos, en el Partido Socialista, según y cómo y según y dónde, existen las elecciones primarias. Las retrasó Rubalcaba cuando debía enfrentarse frontalmente a Carme Chacón, pero la verdad es que ahora se ha abierto entre los socialistas un proceso, lento y algo confuso, pero proceso al fin, de participación de los militantes y simpatizantes en la selección de quienes los van a representar frente a las urnas. Lo que ocurre es que esas primarias ni se extienden a todos los ámbitos ni sabemos muy bien en qué van a parar, cuando aún ni uno solo de los futuros contendientes se ha lanzado al ruedo, comenzando por el propio Rubalcaba, que se resiste a decir si concurrirá o no a esas elecciones frente a algunos de sus correligionarios. Todos guardan silencio a la espera del primer movimiento de sus competidores. Y, así, la política española se centra en debates nominalistas, en los que nadie hace la más mínima propuesta válida que interese realmente al porvenir de los ciudadanos.
Me parece, en suma, urgente moverse hacia formas de mayor participación democrática. Las primarias habrían de ser obligatorias para todos los partidos -cierto: algunas de las alternativas «menores» ya las han adoptado–, lo mismo que el desbloqueo de las candidaturas electorales. La propia Esperanza Aguirre, que se ha convertido en una especie de «conciencia crítica» de su partido, para desesperación de tantos instalados, ha hecho saber que esas fórmulas de participación de la militancia se hacen inevitables: el espectáculo andaluz, donde ahora parece que la mejor solución para encabezar la lista autonómica sería una ministra con un índice de popularidad de 2″2 puntos sobre diez, según dicen, unánimes, las encuestas, está siendo demasiado sonrojante. Y conste que no es que me entusiasmase, ni mucho menos, el modo como la socialista y «esperanza blanca» Susana Díaz fue elevada a la presidencia andaluza, sin, por una cuestión de quítame allá unos avales, poder competir con otros aspirantes de valía, como el ex consejero Luis Planas.
Dentro de pocos días estaremos ante una avalancha de nombres, surgidos de los hornos de los «aparatos» de los partidos, que acudirán a las urnas para representarnos a escala europea -menudo chollo ser eurodiputado: todo un premio para los más fieles y que ya no sirven para combatir en primera línea–, a escala autonómica, local y hasta nacional. Los ciudadanos acudiremos a votar, como cada cuatro años, y la ceremonia de la democracia básica se habrá cumplido. Luego, las encuestas seguirán arrojando esos tremendos porcentajes de desconfianza hacia el presidente del Gobierno, hacia el líder de la oposición, hacia los ministros y hacia todos los políticos en general, y todo se habrá consumado, como cada cuatro años, ya digo. Unos cuantos seguirán, seguiremos, pidiendo otra forma de gobernar, más participativa, más pendiente del ciudadanos, más reformista e incluso, en algunos aspectos, mínimamente revolucionaria, y continuarán, continuaremos, predicando en el desierto. Porque en un páramo, un secarral, se está convirtiendo un país que cuenta las décadas -cuarenta años, se cumplen en noviembre del año próximo– en las que algo ha ido cambiando para que todo siga, básicamente, igual.

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