Victoria Lafora – Ciudadanos


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Con la frase insistente de que hay que buscar aquello que nos une y no lo que nos separa, Albert Rivera Díaz, justifica una muy pragmática teoría de la asociación política desde la ambigüedad calculada. Porque en política lo que separa a unos de los otros es, casi siempre, lo fundamental.
Encontrar cosas que unan es fácil; lo difícil, lo tremendamente difícil, es conseguir limar las asperezas, aceptando las diferencias. Y, consiguientemente, en función de esas diferencias, definirse, tomar posición, situarse en el espectro de manera lo suficientemente clara como para que los votantes sepan que es lo que cada uno piensa sobre esos temas en los que se fundamentan las distintas opciones

Resulta muy difícil evitar un sentimiento de simpatía hacia Albert Rivera. Su juventud, su buen aspecto, su facilidad de palabra y esa sensación de bonhomía que emana de su discurso lo convierten en el amigo estupendo o el magnífico yerno; características ideales por el éxito político. Pero la bonhomía no es suficiente para que ese discurso deje de resultar ambiguo, corto o poco profundo.
Todo esto nos llevaría a pensar que existe un deliberado y práctico empeño en construir mensajes que gusten al mayor número posible de personas. Algo muy parecido al populismo.
Siguiendo la premisa de que lo importante es lo que nos une y no lo que nos separa, se puede construir un conglomerado de compañeros de viaje de lo más heterogéneo y disparatado. No hay más que repasar a los distintos personajes que últimamente se declaran próximos a las supuestas tesis de Albert Rivera expuestas en su libro-programa JUNTOS PODEMOS. Y ese, el de las extrañas compañías, puede ser precisamente el gran talón de Aquiles del proyecto Ciudadanos y lo que abra los ojos de la gente de buena fe que tiene al líder catalán como posible futuro referente. «Que Dios me cuide de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo».
De lo que no cabe la menor duda es que el señor Rivera se mueve con soltura y eficacia en el mundo del más moderno marketing político. No solo en medios más tradicionales como la televisión o la radio donde, junto a una pléyade de futuros candidatos, aprovechan debates y tertulias para hacer precampaña, sino en las redes sociales, tratando de multiplicar el número de admiradores con técnicas aprendidas, como el mismo reconoce, en las elecciones norteamericanas. No en vano su libro lleva el título del primer slogan electoral de Obama.
Estamos asistiendo a un fenómeno difícil de catalogar de manera simplista como bueno o malo. Un fenómeno que prende y enraíza generalmente tiempos de crisis: la proliferación de nuevos partidos y opciones políticas a la sombra del descontento ciudadano, generado, sobre todo, por la ineficacia de los grandes. Más aún si, de entre esos grandes, no surgen nuevos líderes capaces de ilusionar.

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