Antonio Casado – Verificadores


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

No hay mejor verificador del adiós a las armas de ETA que el calendario. El paso del tiempo juega a favor de la ciudadanía, la vasca y la española en general, que sale a la calle con los hombros más ligeros desde el famoso «alto el fuego indefinido» anunciado por la banda terrorista en octubre de 2011. Más de dos años han pasado desde entonces y cada hoja que se le va cayendo al calendario es un día más sin asesinatos, secuestros, extorsiones, chantajes y amenazas. Esa es la feliz verificación de que ETA, por las razones más o menos confesables que sean, ha decidido no volver a las andadas.
Sin embargo, estos «gudaris» del crimen organizado en nombre de la patria vasca quieren algo a cambio. Quieren vendernos el favor de su adiós a las armas como si la decisión fuera un producto de sus pechos virtuosos cuando hasta las piedras saben que es el resultado de su derrota policial, política y, sobre todo, moral. Y todo eso necesita escenificación, liturgia, teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro, como cantaba la Lupe. Ese es el sentido de la llamada Comisión Internacional de Verificación, que se ha prestado al montaje audiovisual elaborado por los etarras sobre una supuesta intención de ir enviando armas y explosivos al trastero.
Así pasó por las portadas de los periódicos este fin de semana, con más pena que gloria, la foto de los llamados verificadores internacionales, junto a unas cuantas herramientas de ETA sobre la mesa que, una vez fotografiadas, volvieron por donde habían venido. Inevitable recordar a Gila y sus guerras de mentiras. Los servicios de información de la Policía y la Guardia Civil esperan ahora la emisión de un video en el que unos etarras proceden al sellado de un zulo. Continuará. Más teatro, con poco éxito de crítica y público. Salvo entre su clientela nacionalista, hacia la que dirigen estos «gestos» movidos por la idea fija de convertir a ETA en el principal actor político de una ofensiva soberanista, lo cual pasa por controlar a sus amigos de la izquierda abertzale, que ya pisan moqueta.
A lo que íbamos: los verificadores de la nada. No es una comisión de verificación sino de asentimiento a lo que dice una de las dos partes afectadas, lo cual descalifica de principio y por principio a los llamados verificadores. Pero es que, aunque las pruebas de la inutilización o el sellado de las armas hubiera sido más creíble, más seria y menos grotesca de lo que ha sido, tampoco tendríamos por qué estar invocando la gratitud de la sociedad o la benevolencia del Estado en materia de acercamientos y excarcelaciones de presos etarras.
A veces hemos de recurrir a las obviedades para no perder la perspectiva, pero es necesario recordar que es ETA la que está en deuda con la sociedad y con el Estado, no al revés. Lo demás está dicho todo en relación con este episodio absurdo al que se han prestado estos «verificadores» a razón de 750 euros por cada día de trabajo.

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