Antonio Casado – Ucrania y la memoria


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

Estamos solidariamente encadenados a una serie de realidades internacionales institucionalizadas (ONU, UE, OTAN, OCDE, OSCE, FMI…) que no permiten la mirada distraída de España sobre la crisis de Crimea (Ucrania). No vale escudarse en que, a diferencia de lo que ocurre con una gran parte de Europa, el gas que consumimos en España viene de Argelia y no de Rusia pasando por Ucrania. O que no se nos ha perdido nada en este país, donde los problemas económicos e identitarios amarran de momento a orillas del Mar Negro, cuyas aguas están bajo protectorado de una poderosa flota rusa.
A la hora de escribir este comentario están abiertos todos los escenarios y ninguno se encamina hacia un final feliz. A saber: la guerra civil en Ucrania, una guerra internacional (¿tercera guerra mundial, al estilo de las dos grandes guerras europeas del siglo XX?), el aislamiento de Rusia, la partición de Ucrania en una parte pro-europea y otra pro-rusa… Conviene ponerse en lo peor para que el miedo guarde la viña y active la memoria histórica.
Desde el punto de vista de los españoles, la Crimea de 2014 nada tiene que ver con la Serbia de 1914 (Sarajevo, en origen de la primera guerra europea) o la Checoslovaquia de 1939 (Hitler quería más). Aquellas dos tragedias, afortunadamente, aunque hay quien piensa lo contrario, pillaron a España con el pie cambiado. Pero, ojo, la Crimea de 2014 sí se parece a la Georgia de 2008, anteayer, como quien dice, cuando se reprodujo la doctrina soviética de la «soberanía limitada», según herencia recibida por Putin de Leónidas Brezhnev.
Este conflicto ya nos toca más de cerca por nuestra vinculación política y económica a la Unión Europea y nuestra vinculación militar a la OTAN. Sobre todo nuestra alianza militar con los Estados Unidos. España forma parte del dispositivo antimisiles del socio norteamericano y éste, en complicidad con sus aliados europeos, no parece dispuesto a que Rusia, como ya ocurrió en Georgia y los enclaves pro-rusos de Usetia y Abjasia, vuelva a utilizar la fuerza militar como «muro» de separación, con todas las evocaciones históricas de la palabra, entre dos áreas de influencia: la rusa y la europea.
A poco menos de tres meses de las elecciones europeas, que los partidos políticos españoles se toman en clave doméstica, la crisis de Ucrania podría y debería condicionar la campaña. Al menos como aprovechamiento de la oportunidad para constatar la gran debilidad de la Unión Europea. Me refiero a su falta de proyecto. No hay proyecto si no hay conciencia de uso de los instrumentos que tiene a su alcance, o que no tiene, para situarse en las relaciones de poder a escala internacional. Pero me temo que, aún jugado en casa, seguirá pareciendo un actor menor frente a Rusia y Estados Unidos, que están reproduciendo un trasnochado capítulo de la llamada guerra fría, propia del siglo pasado, no de éste. ¿O sí?

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