Fernando Jáuregui – Con Suárez, el gran Suárez, se nos va una era


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Cuando desaparece físicamente Adolfo Suárez, tenemos la certeza de que empieza una nueva era. Y de que alguien como el gran ex presidente nos resulta necesario para abordar esta segunda transición por la que ya caminamos. Me contó hace algunos días Adolfo Suárez hijo -qué emotiva rueda de prensa protagonizó este jueves el descendiente del duque de Suárez- que su padre estaba nuevamente hospitalizado, víctima de una neumonía. Era un asunto grave para quienes seguimos día a día, con inquietud, los avatares de la salud precaria del gran Adolfo Suárez, ochenta y un años físicos, diez de ellos perdidos para la consciencia. Tras esta llamada de Adolfo Jr., escribí unas líneas de urgencia, reconociendo, decía yo, que soy, desde que tuve la fortuna de tratarlo personalmente, un enorme admirador del duque de Suárez.
Cuando, como yo hago estos días, repasas lo que ocurrió hace casi cuarenta años, te das cuenta de la enorme figura de aquel presidente con un par, capaz de dar la vuelta a un Estado en once meses, desde julio de 1976 hasta las elecciones de junio de 1977. Todo lo demás, elaboración de la Constitución incluida, es casi accesorio, aunque también admirable. Y meto en el mismo saco, escribía yo, la gallardía con la que supo enfrentarse, aquel aciago 23 de febrero, al energúmeno que tomó, pistola en mano, el Congreso de los Diputados.
El valor a Suárez se le suponía. Por eso no me admiró cómo salió al paso de los subfusiles de los guardias civiles mal uniformados y peor encarados que zarandeaban al teniente general Gutiérrez Mellado. Me hubiera sorprendido cualquier otra reacción. Pero reconozco que, cuando le conocí, cuando, por primera vez a mis veintipocos años me dirigió la palabra, jamás hubiera pensado que, en once meses, aquel hombre con apariencia corriente, que no era número uno en cualquier oposición de elite, que no había escrito tratado alguno de Derecho Constitucional, que había vestido hasta el día anterior la camisa azul de falangista, que no hablaba otro idioma que el español de Avila, pudiese poner patas arriba todo el arquitrabe del franquismo.
Y lo hizo. Con ayuda del Rey. Con ayuda de Felipe González, de Carrillo, de Tarradellas, de Martín Villa, de Ajuriaguerra, de Nicolás Redondo, de Marcelino Camacho, de algunos en la patronal como José María Cuevas, de algunos en la Iglesia como Tarancón, y en el Ejército, como el mentado «Guti», y de tantos otros, lo hizo. Cambió la estructura partidaria, las leyes básicas, la estructura laboral y económica, las relaciones internacionales. Todo. En menos de un año.
O sea, que sí se puede. Comprendo que este hombre que se nos va apagando y del que de modo inminente tendremos la postrera y fatal noticia, es aún una amenaza, por las comparaciones que llegarán, para quienes nunca serán como él. Para quienes podrían ser como él y han renunciado a serlo, porque es más sencillo mantenerse en el carril de la administración sabia de los tiempos, de las dosis de prudencia calculadas. Adolfo Suárez nos falta ya y ahora comprenderemos cuánto necesitamos a alguien como él y miraremos en derredor y entonces, nada o casi nada. Pocos hombres pueden decir, desde el más allá, que su muerte significó el fin de una etapa -cuarenta años van a cumplirse desde la desaparición de Franco y la asunción del Rey- y el inicio de otra. Adolfo Suárez es uno de ellos, uno de esos elegidos.

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