Fernando Jáuregui – «Si no quieres que te pese, vota al CDS», decía.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Supongo que son muchos los que pueden presumir de haber escuchado algunas confidencias de Adolfo Suárez. Seguro que muchos pueden hacerlo con más méritos y justificación que quien suscribe, porque Suárez era un hombre transparente, un político cuyo talante no pasaba por esconder sus opiniones. Pero yo tampoco me resisto a contar, en estos momentos dolorosos para mí, algunas de las cosas que me dijo un gran hombre a quien aprecié más que admiré, a quien quise como persona por encima del respeto al político, al presidente.
Conocía algunas de sus flaquezas, porque era humano por encima del mito. Percibí, cuando ya había dejado de ser el jefe del Ejecutivo y no era sino un candidato que, al frente del CDS, luchaba por conseguir un escaño en aquellas elecciones cruciales de 1982, sus dudas, su inquietudes. Me contó muchas cosas sobre los militares: a los de entonces no me parece que los apreciase mucho, y era lógico, porque nada tenían que ver aquellos capitanes generales a los que de milagro pudo contener el Rey el 23-f con los jefes de ahora, preparados y leales a la Constitución y al poder civil. Me dijo algo también sobre algunos de sus compañeros en la Unión de Centro Democrático: no estaba marcado por la amargura ante algunas traiciones, pero tampoco silenciaba sus opiniones sobre ciertos nombres que se habían mostrado especialmente «levantiscos».
Fue aquella de 1982 una campaña enriquecedora para mí. Con un puñado de periodistas, viajaba con Suárez, almorzaba con Suárez, jugaba al mus contra él -nunca pude ganarle- , e incluso le ofrecimos un eslogan para repetirlo en los mítines, en los que se quejaba de que los asistentes se arrepentirían después si no votaban a su minúsculo CDS: «si no quieres que te pese, vota al CDS», le acuñamos. Y él lo repitió, muerto de risa, en varias de sus comparecencias en cines y plazas jamás tan llenos como los de los mítines del PSOE o de la propia AP de Fraga. A Suárez, en aquella campaña quienes asistían a sus actos le aplaudían, pero con la simpatía hacia quien ya ha hecho todo, ya no le queda nada por hacer. El no lo entendía así: «aplaudidme menos y votadme más», pedía. Le votaron poco: él sospechaba, como así fue, que se le venía encima una dura travesía del desierto. A los propios periodistas que le seguíamos en aquella campaña nos pedía insistentemente el voto: «no pararé hasta que me digas que me has votado», me dijo durante una partida de mus, que tiempo había para todo en aquella galopada por toda España.
«Es fácil gobernar a los españoles, hasta que se cabrean», me dijo en una ocasión. Yo creo que no era consciente de todo lo que había hecho, de cómo había transformado las estructuras del Estado en apenas once meses, de cómo la Constitución cuya elaboración él había dirigido garantizaba la convivencia de los españoles para muchos años. Creía, en aquel 1982 que dio la victoria por mayoría absoluta al PSOE de Felipe González, que aún le quedaba trayectoria en la política, que un retorno por la puerta grande era posible. Pero era ya parte de la Historia, aunque no sé si era cabalmente consciente de ello. La última vez que hablé con él fue por teléfono, para pedirle que presidiese una fundación benéfica con la que yo me relacionaba. Aceptó, e inmediatamente se echó a llorar, recordando, pesaroso, a su amada Amparo. Había comenzado el prematuro oscurecimiento de su mente, políticamente prodigiosa, que tanta falta nos hubiese hecho durante estos últimos once años.

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