Francisco Muro de Iscar – Siempre llegamos tarde.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

No era el más preparado ni el más inteligente ni el que tenía mejor carrera. Nadie esperaba que el Rey -pocos creían también en él entonces- le eligiera. Pero lo hizo y el llevó adelante la transición a la democracia con la estrategia de otros y la intuición, el olfato y el valor de un político de raza que había aprendido la política en la calle, que había estudiado a los políticos desde cerca y que sabía lo que había que decir a los ciudadanos, rompiendo el viejo cliché de los viejos políticos.
Cuando llegó al poder, las críticas en España y en el mundo, en la derecha y en la izquierda fueron unánimes. Nadie daba un duro por él ni por quien había cometido «ese gravísimo error» de elegirle. Sus propios compañeros de Gobierno le dieron la espalda. Ni siquiera tuvo el beneficio de la duda o esos primeros cien días de tregua porque España no estaba para treguas. Mientras gobernó tuvo el enemigo fuera, pero también dentro, en su propio partido formado con urgencia y sin cohesión. Casi ninguno de sus días en ese tiempo fue tranquilo o pacífico. El poder militar, el poder económico, las familias del antiguo régimen, sus excompañeros del Movimiento, la oposición, el terrorismo terrible e insoportable de ETA y de los grupos de extrema derecha, la economía, Europa… todo jugaba en contra y siempre apuntaba al mismo blanco, él. Casi no pudo formar su primer Gobierno -«un Gobierno de penenes», como se dijo entonces- porque nadie quería subirse a un coche pilotado por el ex ministro secretario general del Movimiento. Cuando dimitió como presidente, le despidieron como un cadáver político, traicionado por los suyos, sólo y sin esperanzas. Cuando, tras fundar el CDS, fracasó y quedó endeudado, nadie le acompañó en su retirada. Ahora, ya lo verán ustedes, no habrá suficientes homenajes para este gran hombre de Estado. Siempre llegamos tarde cuando se trata de reconocer el valor de las personas.
Adolfo Suárez, que era la derecha, viajó al centro, rompió las ataduras con el franquismo -por el «harakiri» de las Cortes franquistas y no por la imposición de la oposición- legalizó al Partido Comunista y logró que éste aceptara la Monarquía parlamentaria y la bandera de todos, aprobó la amnistía general, puso en marcha los Pactos de la Moncloa y, sobre todo, bajo su mandato se aprobó la Constitución de 1978, que devolvió la las libertades al pueblo. Una Constitución que acabó con la pena de muerte, que trajo las libertades, que hizo normal en las leyes lo que era normal en la calle, que hizo posible la convivencia de todos los españoles y que ha dado a España el mayor período de paz de toda su historia. Hubo errores, claro que hubo errores y ahora es mucho más fácil verlos. Pero entonces España estaba en una situación límite y había que pasar de una dictadura reblandecida, anclada en el pasado, a un país moderno. Y Suárez hizo lo que le habían pedido. Seguramente era un político para la guerrilla y no para la normalidad. Fue un político valiente desde que aceptó el reto de llevar España a la democracia hasta que rechazó el chantaje de Tejero y permaneció sentado sin tirarse al suelo como el resto de los políticos, salvo Gutiérrez Mellado y Carrillo. Un hombre apasionado por la política al que España y los españoles no hemos tratado como mereció.

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