Antonio Casado – Un pueblo agradecido


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

En un rincón de la memoria de estos días quedarán algunas críticas a media voz sobre la supuesta precipitación de Adolfo Suárez Illana al ponerle ese plazo fijo de cuarenta y ocho horas al fallecimiento de su padre. Descontando que, efectivamente, el desenlace se produjo con la puntualidad anunciada, el hijo del Presidente hizo lo que debía en estricto cumplimiento del compromiso adquirido con los españoles: tenerles puntualmente informados de los cambios relevantes en la evolución de la enfermedad del presidente Suárez.
Ese es el matiz. Viene a cuento elogiar el comportamiento del hijo, digno de tal padre. Porque supo entender que, además de su padre, era la personalización de algo que desborda los limites familiares. Por tanto, a ello se debía. A ello se debe. Me refiero al vínculo entre el Presidente Suárez y el conjunto de un pueblo agradecido a su obra política, conocida por «la Transición», ya convertida en referente casi continuo en el vigente debate político y mediático. ¿Por qué tan frecuentes referencias a «la Transición» como ingrediente de los análisis de la actualidad? Pues porque se echan de menos sus valores. Básicamente, la capacidad que tenían aquellos dirigentes, bien representados por Adolfo Suárez, para subordinar los intereses de partido a los generales. Es decir, para saber sacrificar lo menor a lo mayor.
Justamente, la decadencia política del personaje se inicia cuando se van apagando los ecos del consenso constituyente (ya se había aprobado la Constitución de 1978) y al Suárez-hombre de Estado le suplanta el Suárez-dirigente de partido. Codo a codo con el «motor del cambio», que fue el Rey, creó las condiciones del advenimiento democrático. Lo que apareció luego fue un líder contingente, discutido, discutible, que compitió con otros líderes en igualdad de condiciones -las que él había creado- con escaso éxito, como todo el mundo sabe.
Al gran Suárez hemos de acotarlo entre julio del 76, con su inesperado nombramiento, y febrero del 81, cuando nos da su última lección televisada en defensa de la dignidad del Estado frente a los golpistas del 23-F. Son los cinco años en los que se agranda la figura. Ahí se reconoce al hombre de Estado que fue. Nada que ver el ministro del Movimiento anterior a su paso por la Moncloa ni con el líder del CDS posterior al desplome centrista de 1982.
En esos cinco años se concentran las decisiones que hicieron posible la fundación de la democracia y la puesta al día de un pueblo con hambre atrasada de libertades. A saber: la Ley de Reforma Política, que suponía el harakiri del franquismo; la legalización de los sindicatos y los partidos políticos, incluido el polémico blanqueo del PCE; la convocatoria de las primeras elecciones democráticas (junio 1977), que habían de ser constituyentes y, como fruto de todas aquellas decisiones, la aprobación en referéndum de la Carta Magna de 1978, cuya vida guarde Dios muchos años, con todos los retoques que los españoles consideren necesarios.

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