Cayetano González – La imagen de la dignidad


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

En la hora del adiós definitivo, se han dicho y resaltado muchas cosas de la obra política de Adolfo Suárez. La mas importante, sin duda, fue su papel fundamental, junto al Rey Juan Carlos, en el pilotaje de la transición política de la dictadura a la democracia. Una transición que en términos generales salió bien: se hizo en paz y con un espíritu de reconciliación entre las dos Españas que se habían enfrentado en la Guerra Civil.
Pero en la retina de muchos españoles -sobre todo en los que ya vamos teniendo cierta edad- la imagen que quedará grabada para siempre será la de Suárez sentado de forma erguida en su escaño al frente del banco azul del Congreso de los Diputados aquella tarde del 23 de febrero de 1981 cuando un grupo de guardias civiles encabezados por el teniente coronel Tejero entraron en la Cámara Baja cuando se estaba votando la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como Presidente del Gobierno en sustitución del propio Suárez.
Mientras que todos los diputados se escondían debajo de sus escaños en cuanto lo guardias civiles a los gritos de «quietos todo el mundo» y «al suelo» empezaron a disparar al aire sus metralletas, Suárez permaneció en su sitio, encarnando de esa forma la dignidad de una responsabilidad, la de un Presidente del Gobierno elegido democráticamente, que no se doblega, ni físicamente, ante la astracanada golpista que se estaba viviendo.
Años después, el propio Suárez explicó que en aquel momento tenía muy claro que la dignidad de su cargo le exigía hacer lo que hizo y añadía, en un gesto de humildad que le honra y que demuestra que era un tipo normal, que si hubiera sido sólo diputado, seguramente hubiera hecho lo que los demás hicieron, es decir, agacharse y esconderse en el escaño. Es muy propio de la condición humana hablar bien de las personas cuando éstas fallecen. En algunos casos puede haber algo de hipocresía en esa manera de proceder, pero en el caso de Suárez, el unánime reconocimiento de su figura que se ha producido en las horas previas y posteriores a su fallecimiento, es de todo punto merecido.
La simpatía y el afecto que la inmensa mayoría de los ciudadanos y sus rivales políticos le demostraron -estos últimos sobre todo cuando se retiró de la política- se vio acrecentado al ver el comportamiento ejemplar que tuvo durante la larga enfermedad de su mujer, Amparo Illana, a la que acompañó literalmente al lado de la cama hasta el momento de su fallecimiento. «Se lo debía», llegó a decir Suárez, queriendo con ello explicar que sus responsabilidades políticas le habían impedido en su momento dedicar todo el tiempo y atención a su familia que le hubiera gustado. Descanse en paz este gran político y mejor persona que fue Adolfo Suárez González.

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