Fermín Bocos – Un país ingrato


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

¡Qué bien enterramos a nuestros próceres! España, es así; los españoles, somos así: en vida, corazón de piedra, tras la muerte, sauce junto al río. Constatar que en la hora de su muerte todo el mundo hablaba bien de Adolfo Suárez -sobre todo quienes con más saña le combatieron mientras estuvo en activo-, permite certificar hasta qué punto somos un pueblo muy peculiar. Ingrato. Avaro en el reconocimiento de méritos a quienes se lo merecen mientras ocupan plaza en el escalafón.
Por eso resulta tan llamativo el coro de elogios -justos, merecidos- que jalonan la despedida de Adolfo Suárez porque al silencio eterno en el que ya está instalado le precedieron años y años de soledad amarga. La que apareja la muerte política. En la última vez que se presentó a unas elecciones -ya bajo las siglas del CDS- había en sus ojos un destello apagado de tristeza. «Que no me quieran tanto y que me voten más»- llegó a decir-. Resumía así la amargura de quien habiendo sido el verdadero timonel del cambio observaba cómo las circunstancias -una aleación de traiciones, deserciones, ruido de sables y juego sucio- le empujaban fuera de la política.
Es llamativo constatar cómo algunas de las palabras más nobles que se han dicho estos últimos días las hemos escuchado en boca de quienes antaño le combatieron con saña. O le abandonaron así que empezó a declinar su estrella. Políticos y periodistas. La vida es así. Hace cuarenta años, en los días germinales de la Transición, primaba la política en su naturaleza más intensa, más intransigente, más radical. Brutal, incluso. El tiempo borra los agudos y difumina las estridencias, pero quienes vivimos muy de cerca el acontecer político de aquellos días que estremecieron y cambiaron España recordamos que a Suárez se le exigió todo sin darle tregua.
De dónde venía le consideraban un traidor. Hacia dónde pretendía llegar y llevar políticamente a España le rechazan desconfiando del converso que era. Fue un político providencial, pero la suya fue una figura trágica. Nadie le quería reconocer mérito. Vivió cercado y acabó solo con la amarga convicción de que el Rey le había abandonado y la evidencia de que sus votantes le habían dado la espalda.
El recuerdo de Adolfo Suárez, una figura que estos días está en boca de tantos nos ha permitido ver hasta qué punto España es ingrata con sus mejores hijos. Y también, que la condición humana es lo que es. Sí Suárez hubiera podido escuchar los encomios de estos días estoy seguro de que los habría recibido con una sonrisa irónica. A buenas horas. «Que no me quieran tanto y que me voten más». País ingrato.

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