Fernando Jáuregui – Aquel PCE y esos a los que llaman «radicales»


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Ahora que estábamos terminando el «revival» de lo que fue la transición, va y se nos muere el último comunista histórico que nos quedaba, Armando López Salinas. Le conocí bastante en aquellos tiempos de clandestinidad -él era probablemente el único comunista que podía declararlo públicamente sin sufrir demasiadas represalias: en él primaba el intelectual y hasta el franquismo se lo reconocía- y sé cuánto influyeron gentes como él para que el histórico PCE se amoldase a una serie de renuncias a su «programa de máximos» para facilitar, con Santiago Carrillo a la cabeza, la transición.
Traigo aquí a mi ex camarada Armando -sí, yo milité en aquel PCE clandestino, como tantos que luego lo abandonaron en busca de parajes más sosegados- porque estoy escuchando estos días muchas cosas interesadas, y poco veraces, sobre el comportamiento actual de ese magma al que llaman «izquierda». No sé lo que hubiera pensado el viejo López Salinas de la participación de Izquierda Unida, que básicamente se nutre del PCE, en las marchas por la dignidad: creo que hubiese estado a favor de las manifestaciones y que se hubiese horrorizado, como tantos comunistas actuales con los que he hablado, de los últimos coletazos violentos con los que unos centenares de indeseables, a los que absurdamente se llama «radicales», concluyeron la jornada.
Esos «radicales» -radicales somos, amable lector, usted o yo cuando defendemos nuestras ideas; ellos son unos fanáticos extremistas enloquecidos- no tienen, a mi modo de entender las cosas, nada que ver ni con la izquierda ni, menos aún, claro, con la extrema derecha, como quiso sugerir el presidente de la Comunidad madrileña, por más que sus actitudes rocen las del fascismo violento más puro. Nada que ver ni con IU ni, menos aún -lo escuché, pasmado, en una tertulia radiofónica, de labios de un comentarista ciertamente comprometido con tesis ultraconservadoras-, con el PSOE.
Puede que ambos partidos se hayan equivocado absteniéndose de condenar la violencia ejercida en la noche del sábado por esos antisistema que nada tienen en la cabeza excepto la frustración y rencores extraños; puede que IU, en concreto, hubiese debido exigir un «servicio de orden» eficaz en aquella manifestación por la dignidad. Pero resulta cuando menos inveraz y malintencionado sembrar cualquier sospecha sobre la «izquierda» en general, y sobre determinados partidos parlamentarios en particular, acerca de que alienten actitudes violentas. Pero las mentiras tienen las patas cortas: me preocupan poco las insidias que envilecen durante un rato el panorama político nacional. Sí me preocupa la extensión misma de la violencia, que volvió a hacerse presente este miércoles en la Universidad Complutense madrileña -cuyo rector es, precisamente, un hijo de Carrillo-, con un saldo de cincuenta detenidos. Una violencia que también debe condenarse públicamente cuanto antes, porque ni enriquece la vida académica ni fomenta la convivencia nacional.
Recuerdo que un día, en presencia del mismísimo Santiago Carrillo, López Salinas nos dijo a un reducido grupo de periodistas que las ideas son lo esencial, lo insobornable; pero que ninguna idea justifica segar una vida. Puede que sean ideas lo que nos va faltando. Desde luego, no las vamos a encontrar entre quienes queman contenedores y tratan de «cargarse» a policías. Ay, si Armando levantara la cabeza…

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