Fernando Jáuregui – «Los yayos están levantando España»


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Escuché esta frase, «los yayos están levantando España», en boca de un hombre, todavía joven, a quien la crisis ha golpeado tan duramente que son los padres de su mujer quienes tienen que ocuparse de los hijos de la pareja. El hombre en cuestión lo dijo en un programa radiofónico, añadiendo que son muchas los matrimonios que se encuentran en esta situación: hay que recurrir a los abuelos. Y es que, sin duda, la estructura familiar española es la que más está coadyuvando a soportar las consecuencias devastadoras que la crisis económica ha tenido para una parte considerable de la población.
Las estadísticas pueden ser discutibles, pero la tendencia es aplastante: los jubilados cada vez gastan más en alimentos. La explicación obvia es que los hogares de los «yayos» cada vez soportan más bocas. Y ya digo que puede que los datos que arrojan los informes, como el de Cáritas que dice que un 30 por ciento de los niños españoles corre el riesgo de exclusión (y del hambre), estén, en ocasiones, algo exagerados; pero no me negará usted que, aunque esta cifra se reduzca hasta un diez por ciento, la situación es preocupante. Como lo es que cada día más domicilios de españoles tengan serios problemas para hacer frente a la factura energética.
Está bien, claro, fijarse en los «brotes verdes» de la macroeconomía. Seguramente, las políticas del Gobierno han sido acertadas a la hora de aceptar los «diktats» de la UE, y en su prudencia a la hora de los recortes. Ahora toca pensar menos en las agencias de calificación y en los diarios «salmón» europeos y más en todos y cada uno de los ciudadanos, con la conciencia de que -esto también lo dicen las estadísticas internacionales- España se ha convertido en uno de los países con una mayor brecha entre ricos y pobres, mientras la clase media, que es la que garantiza el progreso de una nación, se va difuminando y los jóvenes mejor preparados, o más emprendedores, emigran hacia los más variados destinos. No hace falta ser un sociólogo ni un adivino para comprender que este no es un buen camino.

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