La semana política que empieza – Un funeral muy de Estado.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Uno puede, ante acontecimientos como el funeral de Estado que se celebra este lunes por el alma de Adolfo Suárez, quedarse en el mero formalismo del acto, al que van a asistir todos los que en el Estado son e incluso algunos que, como Teodoro Obiang, no son. O puede tratar de ir más allá a la hora de interpretar este último homenaje a un presidente engrandecido por el tiempo. Personalmente, comparo la tesis de que, con la muerte del ex presidente, se cierra un libro, el de la primera transición -aunque ahora haya quien nos venga a revisar, con algún volumen escandaloso, el meollo de aquella historia–, y se abre otro. En blanco. Todo está por escribir, aunque el guión está, para los que quieren entenderlo, ya pergeñado.
Supongo que el Rey, Rajoy, Rubalcaba, los ministros, los jueces, los líderes de los partidos, asistirán, con corbatas negras y miradas serias, a un funeral que les resulta incómodo. Al fin y al cabo, el hombre por quien se celebra esa misa solemne dio la vuelta al Estado en apenas once meses, y en unas condiciones mucho más difíciles que las actuales, creo. Ahora no tenemos una ETA que mate cada día, ni unos militares que impiden la evolución hacia la democracia, ni un aislamiento internacional asfixiante, ni a los nostálgicos del franquismo, de la autarquía y del «ordeno y mando». España ha caminado, con tropiezos, eso sí, por la buena senda, se pongan como se pongan los derrotistas. Pero ahora ha llegado el momento de afrontar unos cambios casi tan profundos como los que acometió el difunto a quien este lunes recordaremos nuevamente, y no sé si por última vez, todos. Y ninguno de quienes asistan desde los primeros bancos a este funeral de Estado tiene en la cabeza, que sepamos, el nuevo Estado que necesitamos, que no es sino el mismo de ahora pero con retoques profundos, con cambios que constituyan el Cambio, con una buena dosis de regeneración.
Pero hete que aquí estamos, abocados a la primera de una serie de confrontaciones electorales y, como siempre, mucho más preocupados por los resultados en las urnas que por aprovechar ese mensaje regeneracionista que puede que sea el último legado del mejor Suárez, aquel a quien una vez escuché decir «y si me equivoco, que me manden a hacer puñetas». No se equivocó, desde luego, en aquellos primeros once meses que cambiaron España, y quizá le mandaron a hacer puñetas porque el clima, necesariamente, se le volvió demasiado hostil a partir de entonces. Ahora resulta fácil decirlo, pero ya el «padre» de la Constitución Miquel Roca advirtió, en 1978, que había cosas que acabarían no funcionando en aquella ley fundamental que él contribuyó a elaborar. Hubo, sí, errores en la primera transición, aunque ya digo que el asunto no ha ido mal en estos casi cuarenta años que pusieron fin a los «otros» cuarenta años, los de la dictadura. Ahora, en la segunda transición, hay que enmendar algunos de esos errores, como el Título VIII de la Constitución, la normativa electoral, la degeneración en la vida de los partidos y de los sindicatos y un bastante largo etcétera.
Asistiré, como siempre de mirón, a este funeral, y trataré de escrutar los rostros patricios de quienes ocupen los primeros bancos en busca de algún signo de propósito de la enmienda de aquello que ha terminado por no ir tan, tan bien. Pero ya digo: habrá corbatas y trajes oscuros, como las miradas de sus portadores, pero escaso deseo de soltar el trapecio de la rutina. Allí estarán juntos, y acaso eso no se repita en mucho tiempo, los tres ex presidentes del Gobierno vivos; a uno de ellos, Zapatero, le han endilgado que está tratando de urdir una operación para forzar un Gobierno de coalición PP-PSOE. Creo que la especie, lanzada por una Izquierda Unida que cree que con los socialistas podría formar Gobierno en 2015, no es cierta. Es más: me consta que Rubalcaba huiría, como lo haría el propio Rajoy, hasta de nombrar esa bicha. Y bien que lo siento, porque desde hace años he creído que esa solución «a la alemana» nos hubiese ahorrado muchos disgustos. Pero no: cuando el arzobispo diga «daos fraternalmente la paz», empezará formalmente la guerra. Y así, hasta noviembre de 2015, por lo menos

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