Fermín Bocos – Las procesiones


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Con regularidad pareja a la de la floración de los almendros así que llega la Semana Santa, en la sección de «cartas al director» de los periódicos se publican misivas de lectores que reclaman la supresión de las procesiones o acumulan adjetivos en los que se refleja el sectarismo con el que critican a quienes -creyentes o no-son partidarios de mantener este tipo de tradiciones.
Las procesiones, los cortejos que evocan las estaciones de la Pasión sufrida por Jesús de Nazaret son un clásico de la Semana Santa en España y en gran parte del mundo de tradición católica. Religión y cultura. La Historia es lo que fue y aunque siempre hubo y hay quien intenta reescribirla -o inventarla-, lo mejor es conocerla y asumirla.
El discurso crítico de quienes querrían suprimir las manifestaciones religiosas en el ámbito de lo público suele hacer gala de laicismo. Es verdad que la Constitución española (Art 16.3) dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal, pero también reza -señalándola por su nombre-, que los poderes públicos mantendrán las consiguientes relaciones con la Iglesia Católica y las demás confesiones. Quiere, pues, decirse que al margen de atender la llamada de tradiciones con muchos siglos a cuestas, cuando un ayuntamiento autoriza el paso de una procesión está cumpliendo con el mandato constitucional.
Sevilla, Granada, Málaga, Murcia, Valladolid o Zamora -por no citar poblaciones de menor censo de vecinos como Calahorra, dónde salen en procesión pasos con tallas del siglo XVI-, ofrecen estos días un espectáculo digno de ser contemplado. Las procesiones del silencio sobrecogen. Las saetas cantadas al paso de las imágenes, también. Un hombre libre tiene en sí mismo una dimensión espiritual capaz de elevarlo por encima de su naturaleza animal. Todorov distingue lo espiritual de lo religioso y Baricco afirma que el hombre lleva en su seno un horizonte espiritual que no se puede atribuir única y exclusivamente a su fe religiosa.
Las procesiones de Semana Santa, más allá del significado religioso que las impulsa, tienen una dimensión cultural fuera de toda duda. Las imágenes barrocas, las multitudes abigarradas, la música, las flores, los silencios, los capirotes, el luto proclamado, es un mundo propio que merece ser conservado. La tradición católica, el sustrato cristiano de nuestra cultura y visión del mundo está en la Historia de España. Negarlo sería cosa de necios. O sectarios. Las procesiones forman parte de ese legado. Las gentes que participan en ellas o las que acuden a su paso no van obligadas. Son ciudadanos libres de un país libre. Qué siga, pues, la tradición: ¡Adelante con los faroles!

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