Fernando Jáuregui – La Europa que protesta: por ejemplo, Portugal


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

Va ser una jornada imprevisible, llena de recuerdos. Pero de la que cabrá extraer consecuencias políticas, y no pocas. Este 25 de abril viajaré, perdón por la alusión personal, a Lisboa. Seguro que, para mí, será un viaje especialmente emocionante. El 25 de abril de 1974, hace exactamente cuarenta años, un jovencísimo periodista de veintitrés años, quien suscribe, se preparaba para desplazarse de urgencia a Portugal: algo había ocurrido en el país vecino, en la salazarista Lusitania. Algo que en la franquista España alarmaba no poco: las Fuerzas Armadas se habían levantado allí, a pocos kilómetros de la frontera, contra el poder civil y habían decidido dar un golpe para instaurar la democracia.
En el Madrid de Carlos Arias Navarro, el último presidente del Gobierno de Franco y el primero del Rey, gustaban muy poco las fotografías de los ciudadanos colocando claveles en las bocachas de los fusiles de los soldados, que se abrazaban a la gente, mientras la policía caetanista, la Pide, ingresaba en las prisiones que antes ocupaban los presos políticos, y en las manifestaciones clandestinas en Madrid se gritaba «social, recuerda Portugal».
Este 25 de abril volveré a ver a quienes fueron mis fuentes en aquella época, Vitor Crespo, Vasco Lourenço, Otelo Saraiva -hoy abrazado a la izquierda extrema, mucho más extrema que sus compañeros-, Carlos Contreiras… Otros ya han muerto, comenzando, claro, por aquel peculiar general Spínola, que pese a haber propiciado un golpe y luego un contragolpe, falleció en paz… tras haber sido ascendido a almirante.
Participaré, en homenaje al pasado, en una manifestación desde la plaza de marqués de Pombal hasta el Rossio, donde entonces aparcaron los tanques que iban a traer la libertad, rara avis. Desde entonces, la fecha emblemática del 25 de abril ha ido empequeñeciéndose: a ningún gobernante, incluyendo este presidente Aníbal Cavaco e Silva, que ya estuvo allí en aquellos tiempos, le gusta provocar a los fantasmas de los militares levantados en armas. Y Portugal, con todos los altibajos que usted quiera, se acostumbró a vivir en democracia, como nos hemos acostumbrado los españoles, que comenzamos a recobrar la libertad un par de años más tarde que nuestros vecinos.
Pero ahora el «espíritu del 25 de abril» renace, incubado por la crisis que hace que miles de portugueses se encuentren al borde de la exclusión social y con las necesidades más básicas cubiertas solo a duras penas. Hay gentes que quisieran un nuevo viraje al margen de las urnas, un golpe de timón que les saque de la penuria, y seguro que se manifestarán por el centro lisboeta en esta jornada. Y eso, precisamente en esta jornada conmemorativa, es lo que verdaderamente me preocupa: Portugal es hoy un país democrático, miembro de pleno derecho de la Unión Europea, perfectamente asentado en las estructuras occidentales. Añorar aquel levantamiento de las Fuerzas Armadas contra una dictadura especialmente cruel y absurda, que enviaba a los ciudadanos a morir en unas colonias en las que nada se les había perdido, carece de sentido. Aquella salida del MFA tuvo, entonces, sus razones, más allá de las imágenes románticas. Hoy, entiendo que debe quedar en un episodio para la Historia, sin riesgo de repetición. Y lo dice quien, con entusiasmo, va a desfilar este 25 de abril por las ruas de mi querida Lisboa, como entonces. Pero ahora será en democracia, el peor sistema conocido, excluidos todos los demás, como nos dijo Churchill.
Expreso ahora mi inquietud por el maltratado Portugal, pero también podría decir lo mismo de Francia, país reivindicativo al que su nuevo primer ministro, el socialista Manuel Valls, acaba de someter a recortes inusitadamente duros para unos ciudadanos acostumbrados a vivir más que razonablemente bien, en términos generales. En España, el tercer «grande» del Mediterráneo más occidental, las cosas, de momento, parecen verse con más calma. Pero de ninguna manera puede descartarse un efecto contagio con respecto a los vecinos. Y qué duda cabe de que la campaña para las elecciones europeas será un escenario en el que se debatirá si vamos a mejor… o no, que diría Rajoy.

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