Siete días trepidantes – Ah, pero ¿estamos en campaña electoral?.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

¿Aburrimiento? ¿Desinterés? Ya han comenzado los grandes mítines -no tan grandes, en realidad-, las caravanas electorales -bueno, ya no son lo mismo: la crisis en los medios y la dispersión de la campaña han acabado también con esto-, las grandes soflamas -que vienen a ser, si bien se mira, más de lo mismo: herencias recibidas, «y tú mas»…-.
Las encuestas, y las redes sociales para lo que sirvan, auguran una abstención preocupante para una clase política aferrada a los viejos esquemas, a las viejas fórmulas y formas, a los mensajes eternos. El arranque de Valenciano en Salamanca fue, al igual que el de Rajoy en Zaragoza o el de Arias Cañete en Murcia, frío. Asistí al del presidente en la capital aragonesa y confieso que no hallé nada nuevo: mucha autocomplacencia y nubes rosadas en el horizonte en lo económico, ni una palabra en lo que concierne a una mínima evolución en temas políticos estancados, el catalán incluido.
No es momento, claro está, de hablar de pactos presentes o futuros, y el PSOE se quiere distanciar de cualquier sensación de complicidad con el PP frente a los restantes partidos emergentes. Dicen que los dos «grandes», alarmados por el (relativo) auge de los «pequeños», han hecho un pacto más o menos explícito para no andar lanzándose a la cabeza casos de corrupción, que en ambos campos se encuentran buenos ejemplos, aunque últimamente alguno, concretamente en Castilla-La Mancha, parece que ha perdido fuelle real. Así las cosas, vamos a tener mucho material arrojadizo en lo referente a las «ocurrencias» para solucionar el dislate del presidente de la Generalitat catalana frente a las acusaciones de «»pasividad» y falta de diálogo que se achacan al inquilino de La Moncloa, que, por otra parte, ya vemos que ha irrumpido con fuerza y ganas en la campaña teóricamente encabezada por Arias Cañete.
Si eso, Cataluña, va a ser la gran cuestión euro-española, y va a estar presente en el debate del próximo martes -al fin, debate, que hasta eso, que debería ser obligatorio, está en riesgo_ entre los dos principales candidatos, sospecho que el PSOE va a tener ventaja, al menos en esto, gracias a un golpe inesperado para los estrategas de Génova. Manuel Valls, ese catalán que, por cierto, ha llegado a primer ministro de la poderosa Francia, va a desembarcar en la campaña electoral española/europea en Barcelona, el próximo día 21, para ayudar a la candidata Elena Valenciano. Ni qué decir tiene que, tanto el orador estrella -buen amigo de la juventud de Valenciano, de su hermana Paloma y de todo su círculo- como la localidad, la capital catalana, están minuciosamente elegidos para producir un efecto sonado.
Y no es el PP quien más teme ese efecto, sino los nacionalistas catalanes, que saben que Valls es el mayor enemigo de las propuestas secesionistas de Artur Mas, y están esperando, de un momento a otro, una declaración del carismático «premier ministre» de Hollande contra el pretendido referéndum soberanista fijado por Artur Mas para el 9 de noviembre.
Claro que sobre la campaña socialista va a pesar esa a mi entender absurda moción de censura que, al día siguiente en el que se va a celebrar el debate televisivo Arias-Valenciano, piensa presentar el socialista Guillermo Fernández Vara. Perderá Vara la moción, perderá el PSOE la oportunidad de centrar su mensaje en cuestiones europeas que afecten a los españoles (Cataluña, claro, incluida), perderá Rubalcaba, el hombre a quien «las instituciones» y los poderosos del Consejo de la Competitividad desean ver como candidato a la reelección, la ocasión de mostrar que controla el partido. Eso, tras cometer el a mi juicio enorme error de haber pospuesto la celebración de las elecciones primarias para después de estas elecciones europeas: ello hace que los «candidatos in pectore» anden en una cierta pugna subterránea por ver quién hace más mítines y con quién.
¿Convencerán con este ritmo los grandes partidos a los cuatro millones de indecisos que las encuestas dicen que aún andan preguntándose a quién votarán -y si votarán-? ¿Encauzarán hacia el bipartidismo el voto de los ciudadanos desanimados y cabreados, restando escaños a UPyD, IU y hasta los posibles que puedan obtener los «superpequeños»?¿Calentará esta campaña, que tan insulsa ha comenzado, los ánimos de los españoles, que en su mayoría hasta desconocen, parece, la fecha en la que se van a celebrar las euroelecciones? Ahí quedan las preguntas. Las respuestas, en manos de los candidatos, de sus jefes y de esos «estrategas de la nada» que dicen que planifican estas «cabalgadas» que recorren el país. Sin que, claro, el país real, que va más allá de los convencidos, acabe de enterarse.

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